domingo, 24 de octubre de 2010

Los monos son capaces de reconocerse en el espejo

Los monos pueden reconocerse a sí mismos cuando se miran a un espejo. A pesar de que los científicos pensaban que los chimpancés y los orangutanes eran los únicos primates capaces de tener conciencia de sí mismos, un estudio llevado a cabo en la Universidad de Wisconsin-Madison (EEUU) ha demostrado por primera vez que algunos monos macacos Rhesus ('Macaca mulatta') también se reconocen cuando ven su imagen proyectada en un espejo.

Los monos son capaces de reconocerse en el espejo

Los monos pasaron con éxito la llamada 'prueba de la marca', que consiste en colocar en una zona visible de su cara un signo distintivo. Los animales que se tocaban esta marca mientras se miraban al espejo mostraban que se habían reconocido. Además, examinaron con atención zonas de su propio cuerpo que nunca habían visto, sobre todo los genitales. En algunos casos, los monos se giraron y se colocaron hacia abajo para verse mejor. En otras ocasiones, agarraron y ajustaron el espejo para conseguir una mejor perspectiva de su imagen. Tan pronto como los investigadores cubrieron el espejo con un plástico negro, el interés de los monos se esfumó y dejaron de comportarse de este modo.

Diferencias cognitivas entre simios

Hasta ahora, experimentos similares llevados a cabo con otros monos mostraban que, habitualmente, estos animales ignoraban la imagen proyectada en el espejo o adoptaban una actitud defensiva, pues interpretaban que se trataba de otro mono que estaba invadiendo su espacio. Los chimpancés y los orangutanes eran hasta ahora los únicos simios que habían pasado con éxito la 'prueba de la marca'. Cuando se miraban al espejo, reconocían su imagen, hacían muecas y gestos graciosos y miraban o tocaban la marca que los científicos habían colocado de manera temporal en su cara.

Durante cuarenta años, los científicos pensaban que muy pocas especies animales podían reconocer los límites entre ellos mismos y el mundo que los rodea. El hecho de que los chimpancés -los animales más parecidos al hombre-, sí sean capaces de detectar la marca en el espejo mientras que la mayor parte de los simios aparentemente no lo son, llevó a los científicos a plantearse que existen diferencias cognitivas entre los grandes primates y el resto.

Sin embargo, el nuevo estudio llevado a cabo por el investigador Luis Populin mostró que, en determinadas circunstancias, los monos son capaces de reconocerse en un espejo y llevan a cabo una serie de gestos propios de las especies que tienen conciencia de sí mismos.

Conciencia de sí mismos

Populin, que investiga las bases neuronales de la percepción y del comportamiento, colocó implantes en la cabeza de dos monos Rhesus durante un estudio sobre el desorden de déficit de atención. Abigail Rajala, uno de los investigadores de su equipo, observó que uno de los monos se reconocía en un pequeño espejo, contradiciendo lo publicado hasta ese momento en revistas científicas. El estudio que llevaron a cabo para comprobar si, efectivamente, podían reconocer su imagen, dio la razón a Rajala: los monos se tocaban la marca mientras se miraban en el espejo y se comportaban como si se reconocieran

Los monos Rhesus se unen así al pequeño 'club' de animales que han pasado esta prueba y han demostrado tener conciencia de sí mismos: delfines, orangutanes, un elefante y una especie de ave. El reto de los científicos ahora será averiguar cómo ha ido evolucionando esta capacidad tanto en los primates como en otros animales. De hecho, los investigadores creen que la prueba de la marca quizás no sea suficientemente precisa como para detectar en especies menos desarrolladas la capacidad de reconocerse a sí mismos.

Teresa Guerrero
www.elmundo.es


viernes, 15 de octubre de 2010

La Filosofía ayer y hoy

La Filosofía ha sido representada muchas veces por la imagen de una mujer, más o menos seria, altiva y guapa, que genera en su entorno sentimientos encontrados de atracción y dificultad, de anhelo y extrañeza, deseo y rechazo. Quizás la culpa no sea de su digno porte, ni de su vestimenta, si no más bien del texto que a veces lleva en la mano, al que muchos tildan de incomprensible o inutil, de no responder a sus necesidades inmediatas o al programa de vida diario. Todo esto ¿responde a la realidad de la Filosofía Antigua, o es una deformación generada por el largo viaje que su imagen a realizado en el tiempo?

Preguntémonos ¿Nos gustaría ser felices, no tener carencias, ser fuertes en la adversidad, ser libres y buenos? ¿Querríamos tener una vida plena y perfecta, vivir "divinamente"?

Pues todo esto y mucho más son dones de la Sabiduría y la Filosofía es el Amor a la Sabiduría.

Acabamos de descubrir la pólvora una vez más, sabemos lo que buscamos, pero la cuestión es ¿sabemos cómo encontrarlo? porque desearlo no es difícil, lo difícil es encontrarlo y será tanto más difícil sino ponemos los medios, sino somos consecuentes con nuestros más íntimos deseos. El absurdo o paradoja humana más frecuente es buscar algo y caminar en dirección contraria, así es como nos perdemos, nos sentimos lejos de la meta, desorientados y solos.

Y aún nos preguntamos ¿esa Sabiduría o vida perfecta y plena, está fuera de nosotros? ¿es algo que podemos añadirnos? ¡no! no es posible. El fin más noble de la vida no puede depender de las circunstancias, tiene que depender de nosotros mismos. Al no poder controlar las circunstancias ni a los demás, estaríamos en manos de nuestra novia, marido, padres, amigos, instituciones, fuerzas de la naturaleza... El mundo tendría que ser a nuestra medida y ¡no lo es!

Decía Ortega (y muchos lo han oido): "yo soy yo y mis circunstancias". Hagamos un sencillo esquema:

La Filosofía es el camino que lleva de las circunstancias al Yo, de la Ignorancia a la Sabiduría. No es un Instrumento, pues nace en el corazón humano, no es exterior al filósofo, es Amor (o un deseo muy fuerte) que nace en el filósofo, no le viene de afuera, ni de Platón, de Sócrates, o de Aristóteles, ellos son solo un ejemplo, algo que puede estimularnos. La filosofía de cada uno es su Amor a la perfección de la vida, que es Sabiduría. La Sabiduría está en el Universo, pero nace y se expresa en el Sabio como un modelo, que puede ser seguido pero no transferido.

La Ignorancia sin embargo, nace de mi, de mi falta de Yo, de mi falta de ser. Luego, ¿cómo me acerco a la Sabiduría? transformandome por el camino del Amor a la Sabiduría, por el camino de la Filosofía. El Instrumento soy yo, y me transformo sirviendo al Amor, sirviendo a la Filosofía. Acercarnos a la filosofía es acercarnos a nuestro corazón, a nuestros más profundos anhelos, a la verdadera meta de la Vida. Nuestro problema es sobre todo de actitud, de disposición equivocada y tambien de imagen falsa de lo que es Filosofía.

Delia Steinberg Guzmán

domingo, 13 de junio de 2010

La primera célula biosintética

Imagen: a) La primera "célula biosintética" se llama Mycoplasma mycoides JCVI-syn1.0, tiene un color azul debido a un marcador químico. b) Mycoplasma mycoides corriente. c) para el escaneado las muestras fueron fijadas en tetraóxido de osmio

El equipo dirigido por Craig Venter , aseguró que en 2009 presentaría al mundo la primera forma de vida artificial y este 20 de mayo de 2010 se ha hecho público un estudio en la “revista Science” titulado “Creation of a Bacterial Cell Controlled by a Chemically Synthesized Genome”, donde se anuncia la creación de la primera célula biosintética de laboratorio, un gran logro que supone un paso más en la historia de la ciencia.

Hay que aclarar que no han logrado una célula artificial generada por completo a partir de elementos inertes, sino que se trata de un híbrido, con la estructura natural de una bacteria viva y el material genético artificial. Primero se generó un cromosoma sintético, una réplica del genoma de la bacteria Mycoplasma mycoide y después lo trasplantaron a otra bacteria viva: M. capricolum que actuó como un contenedor para crear una nueva. Una vez implantado, el ADN de síntesis se activó y comenzó a funcionar en la nueva célula.
Esto podría permitir en un futuro no muy lejano, fabricar bacterias y todo tipo de microorganismos a la carta de forma artificial.

Sin duda, tanto avance científico y tecnológico genera un gran desarrollo para nuestra civilización, mayor comodidad y bienestar. Nos hace el día a día más fácil y aumenta nuestra esperanza de vida, logrando la curación de enfermedades que hoy todavía no la tienen. Sin embargo, todos estos logros tan importantes para la humanidad requieren que paralelamente se produzca un desarrollo interno del ser humano. La ciencia y su crecimiento necesitan unos valores morales que lo justifiquen y le den sentido. Si no corremos el riesgo de que nuestra civilización continúe avanzando, pero dejando en el olvido nuestra finalidad última: desarrollar todo aquello que nos hace plenamente humanos.

martes, 8 de junio de 2010

"El peso del corazón egipcio"

Cuando un egipcio moría, el dios Anubis, dios de los muertos, acogía a los difuntos en las puertas de sus tumbas guiándoles al Más Allá.
Una vez en la "Sala de las Dos Verdades", Anubis es el encargado de llevar al difunto para que su alma sea pesada, vigilando el fiel de la balanza con la finalidad de que nadie pueda falsearlo, durante el juicio de Osiris.

El peso del corazón es una representación simbólica, el corazón representa la vida que el difunto vivió; para los antiguos egipcios el corazón era el lugar del pensamiento, de la emoción y de la propia vida. Los egipcios pensaban, cuando llegaba el momento de la muerte, que si un hombre había vivido y actuado de acuerdo con Maat (diosa de la justicia), es decir, había ajustado su existencia a la verdad y la justicia, cuando fallecía su vida estaba asegurada en el más allá para siempre. Ahora bien, si el hombre no había sido justo, es decir, si tuvo mucho apego a lo material y muchos vicios, el corazón será pesado, y después devorado por el monstruo que representa la naturaleza material, donde todo muere y nace.

El capítulo 125 del "Libro de los muertos", explica el momento del peso del corazón: “El individuo, en presencia de Osiris, Señor de las Dos Maat, y de otros 42 dioses, debía prestar una solemne declaración de inocencia e, inmediatamente después, su corazón era pesado ante Maat. En uno de los platillos de la balanza se colocaba el corazón, en tanto que en el otro se colocaba una pluma de avestruz, símbolo de Maat. El corazón, si era justo, debía pesar menos que la pluma. Thot (el dios escriba) registraba el resultado sobre una tablilla y declaraba en su caso al difunto "justo de voz". En otro caso, un ser monstruoso, devoraba al fallecido devolviéndolo al mundo de la materia donde se encontraría con las consecuencias de sus actos.

viernes, 4 de junio de 2010

Paz interior, paz exterior ¿son posibles?

Primero, sería bueno saber qué es la paz. Algunos piensan que la paz es quietud, no moverse. Pero imaginemos un hombre apresado por una gran catástrofe entre una masa de escombros. La quietud no es para él, indudablemente, la paz. A veces se piensa que la paz es poder trabajar. Tal vez pueda serlo, pero tampoco podría identificarse del todo con ella. La paz es algo mucho más interno, una actitud interior; y para poder hablar de la paz en el mundo, deberíamos comenzar a hablar de la paz en el hombre.
Paz interior, paz exterior, ¿son posibles?

Como filósofo e historiador, no creo en los sistemas, porque si los sistemas fuesen buenos, con tantos como ha habido en la historia, ya habría sido suficiente para alcanzar cualquier meta.

Estar en un mundo altamente comunicado puede llevarnos a una situación de angustia interior, que se refleja igualmente en una angustia exterior. Esto es lo que los antiguos griegos, en el teatro trágico, llamaban “hybris”, aquello que se salía del camino universal, de la armonía universal, un error que engendraba otra larga cadena de errores.

La vida, con sus distintas circunstancias, va especializando la labor de cada hombre, y nos vamos olvidando de aquel niño hecho de esperanza que estaba en nuestro interior, y que, según Jesucristo, nos permitiría entrar en el Reino de los Cielos.

Es como ese pequeño niño dorado de los antiguos misterios de Dionysos, al que se comparaba con un delfín mágico que podía sumergirse en las aguas y saltar de nuevo. Es el niño inmortal que está más allá del tiempo, y que a través de las innúmeras reencarnaciones aparece o desaparece, pero que se halla siempre presente porque su esencia misma es la eternidad, la duración, la permanencia. Así pues, con este espíritu filosófico, vamos a tratar de ver si es posible tener paz interior y paz exterior.

¿Qué es lo que somos? Somos un misterio. Somos aquello que está detrás de todas las cosas, una especie de observador que trasciende todo tipo de manifestación. ¿Cómo poder entonces lograr la paz interior? Hemos de insistir en que cuando hablamos de paz, no lo hacemos de quietud. Salvo excepciones, no creemos en el santón de la montaña, que se sienta en un lugar alejado, tal vez repitiendo una fórmula, que permanece quieto y con eso consigue la paz. No hay que confundir paz con quietud. Ese hombre puede estar quieto y no tener paz en su corazón. La paz es algo más que la quietud o el movimiento, porque quietud y movimiento son situaciones relativas que no tienen un valor en sí.

El mundo, con sus espejos, refleja muchas veces ideas falsas, y nos va situando en un eje de relatividades. Es muy difícil dar un valor exacto a las cosas. Cualquier objeto puede ser grande o pequeño según lo que nos sirva de comparación.

Para lograr una paz que realmente sea interior, no la podemos buscar en la quietud ni en el movimiento, sino en una armonía justa, que se basa en la verdadera armonía universal, en la que el hombre no se vea como un elemento aislado, enemigo del hombre y de la Naturaleza, sino como amigo de todo. Y no es amigo el que comparte una mesa, sino el que está junto a nosotros. Como dirían los antiguos romanos, es el que está en concordia, corazón con corazón.

Hay que saber, pues, que para lograr esta paz interior tenemos que armonizarnos con nosotros mismos. Existe dentro de nosotros, de una manera natural y no provocada, cierta armonía; simplemente la estamos rompiendo y contaminando con nuestra forma de vida. Hay que buscar la armonía interior, y es algo más bien fácil, si es que nos proponemos lograrla.

Creemos que la paz es una actitud interior de armonía, una armonización con nosotros mismos y con nuestros propios componentes.

Los antiguos filósofos esoteristas enseñaron que el hombre no es simplemente una envoltura carnal con un alma subjetiva que vuela por encima del cuerpo. El hombre es mucho más complejo y, pedagógicamente, puede decirse que está compuesto de siete cuerpos o “aspectos”.

Cada una de las partes que componen nuestro propio ser mantiene una forma de separatismo interior. Las emociones siguen su camino, la razón el suyo, y muchas veces tenemos ideas que, por no ser creativas, se convierten en formas mentales circulares, como la mítica serpiente que se muerde la cola: en vez de surgir en un nuevo plano, que es lo lógico, se quedan en el mismo plano dando vueltas. ¡Cuántas veces no hemos tenido una idea circular! Estas ideas siguen todo un proceso, y luego lo repiten y repiten, y en vez de llegar a conclusiones, vuelven a comenzar el ciclo circular. Eso es lo que, en parte, va amordazando y asesinando nuestra paz interior, nuestra paz simple y sencilla.

Cada uno de nosotros tiene que tener el valor moral suficiente para encontrar su “rayo de luz” y seguirlo, aunque se le considere cursi, aun en contra de la opinión de otros. Debemos seguir lo que consideremos correcto, sin importarnos lo que los demás puedan decir. Y no ha de entenderse esto en el sentido egoísta y despectivo, sino para poder mantener dentro de nosotros un bastión de individualidad, un bastión de libertad interior, sin el cual nunca encontraremos la paz; porque como badajo de campana fuertemente sacudido, atraídos por los unos y los otros, vamos dando vueltas y dándonos de cabeza contra un lado y otro, sin saber por quién repicamos, ni si es a muerto o gloria.

Un poema de Amado Nervo dice: “Vida, nada te debo; vida, estamos en paz”. Puede parecer cursi, pero es un sentimiento completamente válido y natural. Tan solo aquel que alguna vez haya tenido el valor de quedarse a solas sobre una roca junto al mar, haber caminado en un bosque, haber estado a solas consigo mismo, sabe de esta comunicación con la Naturaleza, con el Sol, con las estrellas; y sabe cuánto vale el haber amado, y cuánto vale también el que nos amen.

Vale más amar que ser amado. Es mejor ser fuente que da, que pozo que recibe. Lo mejor es ofrecer, dar, tener la capacidad de amar sin hacer un cálculo previo de cuánto nos debe reportar este amor. Entonces algo se despierta dentro de nosotros y vamos entendiendo nuestro entorno. Vamos entendiendo al pájaro, a la montaña, al viento, y también a nuestros hermanos los hombres; vamos entendiendo la historia de los distintos momentos por los que pasó la Humanidad; vamos comprendiendo, de una manera pacífica, toda la sabiduría que hay en el mundo, que es fruto de Dios; y es también fruto de Dios la armonía universal en la cual todas las cosas está unidas.

Esta unión entre el Sol y las plantas, el Sol y los animales, los animales y nosotros, las estrellas y los hombres, es lo que nos da la paz interior, la paz de saber que Dios ha pensado todo esto, que todas las cosas están pensadas de tal manera que nuestro sufrimiento siempre es soportable.

Muchas veces nos preguntamos lo que nos pasará cuando muramos, ya que, como todos vamos a morir, es algo que nos interesa a todos, aun a los más jóvenes. Y una voz interna nos responde: ¿y qué pasó cuando nacimos? ¿Acaso no nacimos de una manera natural, y hubo gente que nos quiso por nosotros mismos, sin importarles si traíamos o no un pan bajo el brazo? Esos seres fueron nuestros padres. ¿No tendremos también padres al otro lado de las puertas de la muerte? Tal vez no sean los mismos. ¿Existirían verdaderamente los ángeles custodios, según nos hablan tantas tradiciones antiguas?
Paz interior, paz exterior, ¿son posibles?

En aquella época en que los niños, antes de dormir, rezaban una pequeña oración al ángel de la guarda, ¿no había más relación con la paz interior que hoy en día, en que se acuestan después de ver la televisión sin enseñarles nada profundo?

Paz interior es poder encontrarse a sí mismo, reconocer que en esta gran sabiduría divina, no todos hemos nacido para la misma cosa, y que cada cual tiene su camino, su destino, su alimento, su viento y su forma de ser y de expresarse.

Consideramos que Dios ha pensado todo esto. Todo lo que nos pasa, todo lo que nos va a suceder está planificado de alguna manera, porque si Él ha pensado cómo se tienen que mover las hojas de las plantas, cómo han de desplazarse las pequeñas amebas que tienen una célula, ¿cómo no ha de pensar en nosotros, que somos más complejos, y en cierta forma tenemos más conciencia, y desde cierto punto de vista somos más importantes?

Así como los padres nos aguardan con esperanza, sin saber si seremos hombre o mujer, buenos o malos, hermosos o feos, nuestro Padre del Cielo ha de tener al menos similar actitud de bondad. ¿Por qué no pensar que nos haya amado desde el principio de los tiempos, que nos ame hoy y que nos amará siempre, que estamos todos sumergidos en el pensamiento, en la luz y en amor divino? De tal suerte, todas las inquietudes desaparecen, y aun las dificultades de la vida se ven como pruebas, como eslabones que tenemos que pasar para poder purificarnos.

Hay que recordar cómo se depuraba el agua en Egipto. Todavía hoy existen unos embalses o piletas ya secas, en las que antaño el agua pasaba de una a otra. En Tebas había una purificadora de agua que tenía siete grandes pilones. El agua del Nilo entraba en la primera y el barro grueso se iba al fondo; en la segunda ya estaba más purificada, y así hasta la séptima pileta, en la que el agua estaba completamente pura y potable. Si eso pasaba con el agua, ¿por qué no ha de pasar con el ser humano? Creemos que esto es un reflejo de lo que sucede con nosotros mismos.

El agua más pura no es aquella que está estancada en medio de una charca sin moverse, sino aquella otra que viene saltando cantarina a través de las piedras. De esta última sería de la que beberíamos, de la más pura. Y esa agua se ha purificado a través del choque, miles y miles de veces, con las distintas piedras; es esa agua que ha cantado con su dolor y que ha hecho una espuma blanca de esperanza y un arco iris de color en cada uno de sus golpes.

El hombre debe ser como el agua, debe correr a través de la vida igual que el agua, saltando, cantando, manteniendo una cierta alegría y una fuerza interior que le haga fluir, y teniendo la sabiduría simple y sencilla del agua, que sabe siempre dónde va, que sabe siempre dónde está el mar.

Nosotros, a veces, no sabemos hacia dónde vamos, pero si buscamos una brújula interior lo sabremos exactamente. Todos los dolores, golpes e inconvenientes no serán para nosotros nada más que pruebas.

Todos los elementos de la Naturaleza nos enseñan lo mismo. Si tuviésemos la sabiduría de la llama seríamos muy grandes. La coloquemos como la coloquemos, la llama siempre es vertical. Si el hombre pudiese, a través de los golpes de la vida, mantenerse vertical, entonces encontraría la paz en su corazón.

Para esa paz interior e individual, no bastan los libros ni las conferencias, sino que hace falta observar la Naturaleza; observar el agua, el fuego, observar el viento y las montañas. Para poder entender el Ser del hombre no hace falta tener grandes conocimientos, sino ir a lo profundo y encontrar el sentido de todas las cosas, de todo aquello que nos rodea y de todo aquello que tenemos en nuestro interior.

¿Es posible, también, llegar a una paz colectiva, a una gran paz? Eso es aún más difícil. Poder llegar a una gran paz implica que todos los hombres del mundo sean pacíficos. Si todos los hombres del mundo no son pacíficos, o al menos no lo son aquellos que detentan el poder, el mundo no lo será tampoco. No basta con que hagamos grandes alocuciones sobre las ventajas de la paz. Hace falta que nos reencontremos de nuevo, no pensando en utópicas sociedades, sino en un conjunto humano que pueda marchar desde Dios, en Dios y hacia Dios.

A nosotros, como tantos otros pueblos del globo, nos han dado muchas teorías y muchos esquemas, pero a la hora de la verdad, nuestro poder adquisitivo es menor cada vez, y la inseguridad ciudadana crece paulatinamente; las dificultades entre los propios hombres son más grandes, y las amenazas que se ciernen sobre nosotros más espantosas.

Ahora ya no se trata de un cuchillo de sílex o de hachas de bronce; tampoco son espadas, ni siquiera es un fusil; ahora se habla de guerras de tipo galáctico, de rayos láser que en lugar de curar matan, de extraños satélites espías que tratan de desestabilizar todo aquello construido en el mundo, de gases tóxicos, de desfoliantes que arrancarían las hojas de los árboles sumiendo al mundo en una especie de invierno perpetuo. Con estas amenazas, evidentemente, no pueden llevarnos a la paz. La labor política, colectiva y social, debe empezar cada día por una labor pedagógica. No podemos soñar utopías, no podemos creer que por lo que digamos, el mundo se volverá pacífico.

Cristo dijo: “Amaos los unos a los otros”. ¿Y cuántos son los que se aman? Y Buda dijo que debemos tener comprensión, y que es mejor ser víctimas que ser verdugos. ¿Y cuántos entienden eso? De tal suerte que si esos grandes seres, encarnaciones de la Divinidad, como queramos llamarlos, no han podido cambiar el mundo, no vamos a poder confiar demasiado en fórmulas, sino en aquello que cada uno de nosotros podamos hacer y transmitir.

Creemos que la paz exterior, la paz colectiva, pasa obligatoriamente por la paz en nosotros mismos. Mientras haya gante egoísta, aferrada a lo material, existirá la explotación en el mundo. Mientras haya personas que odian a otras por el mero hecho de tener ojos de diferente color, o porque les han caído mal, existirá el racismo en el mundo. Mientras haya genta que en vez de contestar con buenas palabras y razones y en lugar de entender al de enfrente, le dé un golpe o una patada, existirá la violencia en el mundo. Todas estas son pruebas que tenemos que enfrentar, y no podemos pensar en hacer un decreto de pacificación mundial; ya hemos visto de qué sirven los decretos, de qué sirvió la Sociedad de Naciones de Ginebra.

Tenemos que crear un mundo nuevo, recrear un mundo diferente. Esa recreación de un mundo distinto, de un mundo nuevo, pasa por cada uno de nosotros. De ahí nuestra exaltación del individuo, pero no egoísta, del individuo que sólo vive para sí, sino del que puede lograr en convivencia con los demás, que puede extender sus brazos, no solamente como una bendición, sino también fraternalmente, de manera que no se limite a compartir su capa con otro, sino que si hace falta, se la dé toda. Tal vez haga falta aún revisar aquello de “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Es tal vez necesario amar a nuestro prójimo más allá de lo que nos amamos a nosotros mismos, porque puede haber algunos que necesitan más amor que nosotros. Porque algunos de nosotros somos fuertes, o somos jóvenes, o tenemos potencialidad social o económica, pero hay muchos que no la tienen. Y los hay que no tienen nada más que una mano extendida que pide; y con ellos tendremos que tener más amor que el que nos tenemos a nosotros mismos.

¿No será hora de volver de nuevo a esa célula fundamental que es la familia, esa célula fundamental en la que los padres aman a su hijo antes de que nazca? Y no nos referimos obviamente a todas esas farándulas que hablan sobre familia y no-familia. Hablamos simplemente de la unión de un hombre y una mujer, y de si quieren realmente tener un hijo, de si le esperan realmente con amor. ¿Es que no podemos hacer lo mismo en cada instante? ¿Es que no podemos esperar a nuestros discípulos realmente con amor, sin importarnos cómo sean? ¿Es que no podemos esperar a nuestros empleados, a nuestros compañeros de trabajo, con amor, con una sonrisa?

Tal vez esta arma sea más fuerte que todas las demás. Tal vez ningún misil pueda cambiar el mundo. ¿Y si lo cambiase una sonrisa o una actitud diferente? ¿Por qué, cuando vamos a comprar algo, tenemos que entrar con el rostro oscurecido y seco? ¿Qué ganamos con esta negrura, qué es esta bestialidad que nos ha atrapado a todos? ¿Qué es lo que nos está pasando? ¿Es que estamos completamente locos?

Tenemos que tratar de salir del manicomio, tenemos que intentar regresar a una actitud simplemente normal, personal. No nos basta con leer aunque pueda ser bueno. También necesitamos una actitud personal, un contacto humano, un poco de amor entre las manos, y volver a tener una actitud natural frente a la gente, frente a la Naturaleza; que los animales no huyan cuando nos ven llegar, que el hombre no sea enemigo de todas las cosas, que no contamine el aire, que no contamine la tierra; que el hombre sea uno más dentro de la Naturaleza; tal vez su rey, pero que como rey esté al servicio de todos; tal vez su padre, pero no porque dé gritos, sino porque sepa traer el pequeño regalo, la sonrisa, la palabra, sin que necesite exaltarse para ser reconocido.

Aquel que más ama, que más fuerza de voluntad pone en sus actos, en sus pensamientos, en su corazón, es naturalmente padre. Y aquel que es naturalmente padre, sabe dar a todos de la mejor manera lo que tienen en su corazón, de forma simple, para que pueda entenderse y sentirse.

Lo que queremos es que cada uno sienta una pequeña inquietud, y allá, en el fondo de su corazón, si no amor, al menos un poco de paz. Si cada uno puede esforzarse en su oración interior, si puede sonreír un poco más, si mañana, cuando salga el sol, se ve en el espejo con un rostro no contaminado, si lanza a la gente una sonrisa, encontrará paz.

Paz es alegría, es armonía, es poder realizar en el mundo las mejores cosas. Paz es el Partenón y la Gran Pirámide; paz es el hombre que cuando va por la calle sabe dar una moneda a todos aquellos que lo necesitan; es la mujer que, estando en la casa, es luz para todos los que están junto a ella; es el anciano que enseña sus experiencias a los jóvenes, no con vanidad, sino para que no se ensucien con drogas físicas, psicológicas o espirituales, y traten de trabajar con fe en un porvenir.

Volvámonos como una lámpara transparente, para que la luz que por gracia de Dios tenemos todos, pueda llegar a todas partes. Entonces hallaremos la paz interior y estaremos trabajando para lograr esa paz exterior, que aunque no parezca cercana, merece que se trabaje por ella. No se trabaja por la paz con manifestaciones en la calle, sino realmente manifestando lo que hay dentro de nuestro corazón de manera que se pueda sentir.

Podemos amar a las golondrinas, a las piedras, a los hombres, al viento, a las viejas banderas, a las viejas glorias, pero es necesaria la paz. Y ello es posible si somos capaces de descubrir en el aire de la primavera esos signos de Dios que son las golondrinas; si podemos descubrir en medio del agua que cae rumorosa, los hilos blancos de la espuma y su canto al chocar, y la verticalidad de la llama. Tendremos paz, porque la paz nace de nuestra propia guerra interior, de nuestro enorme esfuerzo y acción, de nuestro amor.

Benditos sean aquellos que pueden sentir ese amor. Benditos sean aquellos portadores de la paz. Benditos sean aquellos que tienen el valor de decir que la paz es fundamental para todas las cosas, sin que importe el precio que tengamos que pagar por ella.
Las cosas caras, las cosas buenas se pagan. La paz es buena. Pagad por la paz. Pagad por nuestros sueños, para que la paz reine en el mundo, para que reine en nuestros corazones y cuanta relación exista entre las personas, los animales y las plantas. Entonces Dios estará con nosotros.


Jorge Ángel Livraga

lunes, 1 de marzo de 2010

La carcel del Tiempo


A través de estas palabras intentaremos ver qué es el tiempo y por qué nos aprisiona; qué es lo que podemos hacer para no estar siempre atados a un amo duro y cruel, que se suele manifestar en gran cantidad de casos bajo una apariencia pequeña e inofensiva, como los relojes que llevamos puestos.


Cuando hablamos de las grandes coordenadas que rigen al hombre y lo sitúan dentro de la existencia, mencionamos el “tiempo” y el “espacio”. ¿En qué espacio nos desenvolvemos?, ¿cuánto podemos llegar a durar? Nuestro espacio y nuestro tiempo, si bien son dos grandes coordenadas, se nos han tornado pequeñas y hemos olvidado que también se manifiestan, aunque con formas un poco más variadas, en otras dimensiones, en otros planos, en otras formas de ser que también posee el hombre.

Si al decir de los antiguos –e, incluso, como se sostuvo a lo largo de toda la Edad Media, y como muchos filósofos aún concuerdan en afirmar–, el hombre es algo más que materia, si en el hombre existen otras formas de expresión, otras dimensiones, el tiempo y el espacio se adaptarán, lógicamente, a esas otras dimensiones.

¿Es acaso el tiempo exactamente igual para el cuerpo, para la psiquis, para la mente, para el alma? Evidentemente no. Estas coordenadas se vuelven diferentes en cuanto entran en otro plano de manifestación. Se hacen más plásticas, el espacio tiene otra forma de expresarse, el tiempo tiene otra duración.

Hay un tiempo físico que son capaces de medir las manillas del reloj, hay un tiempo mental que nos sirve para aprender determinadas cosas, más o menos largo según lo que vamos a aprender, y hay un tiempo espiritual, al que podemos relacionar con la evolución, verdaderamente largo. En este sentido, a veces caminamos como la más pesada de las tortugas, si es que nos movemos.

Hagámonos las grandes preguntas que se hicieron los antiguos: ¿existe el tiempo, es el tiempo algo que corre? ¿O quienes corremos y nos movemos somos nosotros y el tiempo es, sencillamente, estático y se deja atravesar por nuestros cuerpos, por nuestra mente, por nosotros como seres espirituales?

El tiempo psicológico, el tiempo mental, el tiempo espiritual tienen una plasticidad que no tiene el tiempo físico. Y por eso el tiempo físico puede presentarse ante nosotros como una cárcel, con barrotes duros y rígidos que nos mantienen aprisionados hasta hacernos sentir que estamos inmersos en una trampa sin poder hacer absolutamente nada.

El peligro que entraña el no dominio del tiempo es que podemos llegar al final de la vida con una terrible pregunta a cuestas: ¿qué hice de mi vida? ¿Dónde están mis años? ¿Qué he logrado atesorar?

Apenas una carrera hacia delante, apenas un intentar mover los barrotes del tiempo y, sin embargo, la incapacidad, la imposibilidad de concebir algo que vaya más allá de la materia nos obliga a estar encerrados dentro de un diminuto reloj.

¿Por qué el hombre se encarcela dentro del tiempo? Hay varios factores que nos arrastran a ello. Por ejemplo, la incapacidad de concebir ninguna otra cosa. ¿A quién se le puede ocurrir pensar que el tiempo mental sea diferente?

Además, existe una fuerza difícil de vencer en el gregarismo humano. Cuando todos hacen algo, parece ser que debemos hacerlo. Y si todos se dejan atrapar por el tiempo, por lo visto debemos todos dejarnos atrapar por él igualmente y ser sus prisioneros.

Existe otro factor. Es el factor comodidad. El tiempo, la medición, la rigidez, la hora de sesenta minutos, el día de veinticuatro horas nos dan una cierta seguridad, un cierto dominio, como si pudiésemos manejarnos con cifras, con limitaciones o con dimensiones que nos tranquilizan. Porque si saltamos a otra dimensión, carecemos de medidas, nos sentimos inseguros e, inmediatamente, retornamos a nuestra cárcel como felices prisioneros.

Hace falta, pues, para no ser prisioneros del tiempo, empezar por desear salir de esa cárcel. No hay peor prisionero que aquel que se siente a gusto, cómodo, dentro de su cárcel.

Esto no es nada bueno. En viejos libros de muy antigua tradición, al discípulo se le recuerda: “Cuidado, discípulo: si tu alma sonríe dentro de tu cuerpo, si canta dentro de su crisálida de carne y materia, si llora en su castillo de ilusiones, sabe, discípulo, que tu alma es de la tierra”. Y así decimos nosotros siguiendo esta enseñanza: si nos sentimos a gusto dentro de los barrotes del tiempo, si somos felices midiéndonos en base a minutos y a horas, somos prisioneros nada más que porque queremos.

Porque queremos hemos escogido un ritmo de vida, un ciclo que nos obliga a hacer una serie de cosas determinadas en el tiempo.

Nace un niño y está el tiempo en que se le permite jugar porque es niño. Luego viene el tiempo en que el niño debe aprender a leer y escribir, porque dicho “tiempo” lo indica. Cuando algún niño manifiesta fuera de tiempo la posibilidad de leer o de escribir, todos aterrados publicamos y leemos: “monstruo hablando a los ocho meses; monstruo escribiendo a los 2 años”. No está en el tiempo; el tiempo indica que hay que tener determinados años para leer o escribir.

Y el tiempo nos sigue indicando hasta dónde llega el próximo barrote. ¿Cómo seguiremos viviendo? ¿Cuáles son los juegos que ya no se pueden jugar? ¿Cuáles son las ilusiones que ya no se pueden tener? ¿Cuáles los sueños que no se pueden sostener, porque ya no son de niños?

Cuando pasa el tiempo y se tienen catorce, quince, dieciséis años, ya no se puede ser inocente, porque claro, uno ya ha “entrado en la vida”. Ya no se puede soñar; la poesía debe cambiar, ya no se miran más los pájaros, y el sol y la luna son adornos en el cielo.

Más adelante sabemos que hay que preparar una carrera, eso es fundamental. Para valer hay que tener una carrera. Si a alguno no le gusta, mala suerte.

Resultado: a los tres días de terminado el examen final y con flamante diploma colgado en nuestra pared, nos hacen una pregunta y necesitamos consultar nuestros libros.

Esto sucede porque no se ha aprendido verdaderamente. Fue una de tantas imposiciones del tiempo. Como esas otras imposiciones que dicen que hay que casarse, cosa que está perfectamente bien siempre y cuando no lo imponga el tiempo y sea una decisión natural de dos personas que quieren hacerlo, pero no porque hayan cumplido los años “propios” para ello.

El eslogan más corriente es decirle a una pobre niña, amargándola para siempre: “Hija, ya tienes veinticinco años, ¿cuándo te vas a casar?, ya es tiempo, ¿verdad?”. Y claro, la pobre siente que sus veinticinco años son una tonelada que lleva a las espaldas, y como no se ha casado todavía, será marcada por siempre jamás, porque no entró en la rueda del tiempo, en la cosa señalada.

Cuando ya se casan y el hijo no nace más o menos pronto, viene la otra pregunta: “Hijos míos, ya lleváis tres años casados: ¿y los niños?”. Esa pobre pareja se siente hundida debajo de un enorme peso, porque a veces no puede contestar por qué no llegaron, o no se atreve a decir que porque no se puede o porque no se quiere. “El tiempo” indica que hay un ciclo y es necesario, forzosamente necesario, cumplir con el ciclo y besar los barrotes uno a uno, tal como están distribuidos.

Por no seguir con los barrotes más tristes, aquellos que vienen después, cuando uno es viejo y esa palabra significa que no podemos hacer nada. Viejo significa triste, amargado, solo, alejado, y hay que cumplir con el rito del tiempo. No se puede reír, no se puede jugar, no se puede soñar, no se puede vestir de color, no se puede buscar nada nuevo. ¿Por qué? Porque el tiempo indica que uno es viejo.

Y este es un ciclo que nos come la vida. Este es el gran ciclo que se revierte en el pequeño ciclo de todos los días, que nos come todas las horas, pues ya están prefijadas. Horas prefijadas para levantarse, para vestirse, para lavarse, para estudiar, para trabajar, para comer, para seguir trabajando, para volver a lavarse, para volver a dormir…

A veces está en medio la hora de la televisión, o la hora del diario que se lee, o de la revista que se hojea apresuradamente. Y uno se queda esperando el ciclo, el pequeño ciclo del día que se revierte en el gran ciclo, en el enorme ciclo de todos los días.

No queremos decir con esto que podamos escapar de ciertos ritmos. Algunos ritmos de la vida son absolutamente necesarios. No podemos escapar de ellos. No podemos evadirnos de jugar cuando somos niños, de crecer, de tener que estudiar, de tener que trabajar en algo…Eso es absolutamente natural.


Delia Steinberg Guzmán

Continuará

domingo, 14 de febrero de 2010

La rebeldía interior


La Historia de la Humanidad está llena de almas rebeldes que nos asombran por su heroísmo, por su valor y por su capacidad de romper moldes establecidos y abrir las fronteras de la ciencia, del arte, del pensamiento y de la vida.

Todos los pioneros han sido rebeldes, desde el primer artista que decoró las cuevas de Altamira a inventores como Thomas A. Edison, desde maestros de la pintura como Giotto a científicos como Einstein, todos han ido más allá de lo establecido por su momento y por su comunidad, han ido más allá de los límites que cada tiempo impone y han movido las páginas del gran libro de la Historia.

De la observación de la Naturaleza se desprende que la rebeldía es algo útil para la vida. Un árbol, por ejemplo, cuando está en la semilla, no se ve, porque el instinto de protección no le deja desarrollarse, lo aprisiona en esa "cárcel" porque ahí está seguro. Si del interior de la semilla no surge la necesidad de crecer, de dejar atrás la comodidad, el árbol potencial puede quedar encarcelado durante siglos, pero como hay una fuerza -la búsqueda de su propia realización como roble-, que comienza a empujar hacia fuera, hacia arriba, hacia el sol, la prisión es transmutada en libertad de expresión. La especial rebeldía del roble le conduce a su propia realización.

De ahí que la auténtica rebeldía se encuentra dentro de nosotros y la podemos relacionar con una serie de actitudes que nacen de nuestro yo profundo, del yo más desconocido y que, sin embargo, tiene la fuerza de llevarnos hacia delante incluso cuando las circunstancias no son favorables. No hay que confundirla con aquellos que se visten de rebeldes sin serlo, para ocultar el vacío interior, para que no se vea que no poseen esa fuerza interior, para ser aceptados en algunos círculos de amigos o porque está de moda.

La rebeldía no es algo exclusivo de nuestra época, donde se da la manipulación de los grandes medios de comunicación, sino que a lo largo de la Historia hallamos muchos ejemplos. Uno de ellos es Platón, aristócrata, excelente escritor de tragedias y vencedor en algunas pruebas de las Olimpíadas. Cuando todo el mundo en su familia y su entorno esperaban que se dedicara a perseguir la fama y los honores, a hacer carrera en la política, tras conocer a Sócrates decide dejar todo lo que estaba haciendo y dedicarse a la Filosofía como modo de vida.

El rebelde rechaza decididamente ser masa, pues no puede perder la propia personalidad diluida en "lo que todos quieren", no puede perder la propia individualidad sacrificada al "qué dirán" de los que viven como rebaño, donde todo es igual, donde todos piensan lo mismo, donde todos van a comprar lo mismo en los mismos lugares. Y cuando todos piensan lo mismo y hacen lo mismo, nace la indiferencia, se pierden los valores humanos, se mata sin piedad, se explota sin límites. Hoy nos hablan de las bondades del “pensamiento único”, y ¿no será una consecuencia más del rebaño en el que nos quieren meter? Perdemos así silenciosamente la capacidad de admirar a los que son diferentes, porque no hay nadie diferente y mejor, no existen los héroes, los maestros de la vida, todo es chato, todo es tristemente gris y monótono, sin matices que coloreen la vida.

¿Puede el alma rebelde permanecer indiferente al estado del mundo?

La situación mundial grita la necesidad de una renovación profunda y cuando todo un ser está enfermo no podemos curar sólo un órgano. No se puede cambiar por partes. No se puede cambiar solamente un sistema político, un sistema económico, un sistema religioso, social, artístico, científico, cuando todo está en crisis profunda ¡Hace falta cambiarlo todo! Cambiarlo todo, no destruirlo todo. No es eficaz destruir, el último siglo ha conocido demasiadas revoluciones que han usado las armas y no han conseguido nada estable y duradero.

Hace falta construir algo realmente alternativo, un mundo nuevo y mejor. Para ello, hace falta un hombre nuevo, un hombre que sea capaz de vencer sus egoísmos, un hombre que sea capaz de construir sin descanso, de trabajar y de ver el fruto de su trabajo, un hombre que pueda investigar las antiguas tradiciones esotéricas y los más modernos descubrimientos de la ciencia, un hombre que tenga derecho y fe, un hombre que pueda andar en estos caminos ascendentes que van hacia el horizonte. Hace falta empezar a construir desde lo pequeño, desde el hombre, para que con el tiempo se vaya llegando a lo grande en la medida que cada vez se sumen más rebeldes dispuestos a mejorarse a sí mismos.

Francisco Capacete
(adaptación)

domingo, 22 de noviembre de 2009

Amor a la verdad y el conocimiento

Amor a la verdad y al conocimiento

“Es necesario desarrollar y vivir el amor a la verdad y al conocimiento como una aspiración natural más allá del entorno cultural y religioso. El amor a la verdad parte de la legítima aspiración por desarrollar el propio discernimiento y comprensión del mundo y de uno mismo”.

(Declaración de principios en torno a una ética universal)

Hablar del amor a la verdad es hablar de una de las inclinaciones más naturales que más nos definen como seres humanos, tan natural como el impulso de orientación que hace crecer a las plantas hacia la luz.

Todo ser humano ama naturalmente la verdad. Nadie quiere caminar por la vida a ciegas sin distinguir ni reconocer la verdadero de lo falso o, cuando menos, lo que nos hace bien de lo que nos daña.

Una de sus expresiones más elementales es la necesidad de autenticidad, el rechazo de lo falso, de lo que a veces con medias verdades tiene como intención el engaño. Sinceridad, autenticidad, fidelidad a la verdad son valores sobre los que se alzan pilares sólidos en la construcción de la sociedad y de uno mismo.

En un nivel más profundo, se manifiesta como la necesidad de caminar por la vida con sentido y con coherencia. De alguna manera, es cierto que despertamos a un segundo nacimiento interno cuando surge en nosotros la necesidad de sentido.

El amor a la verdad lleva consigo el deseo de saber y aprender. Es amor al conocimiento como proyección de la natural curiosidad del niño y de su no menos natural capacidad de asombro, que busca comprender el mundo, indagarlo, experimentarlo, a la vez que se descubre a sí mismo. Este impulso es natural reflejo de la necesidad de autonomía que trata de llevarnos a nuestra propia realización humana en libertad, dotándonos de discernimiento y criterio. Es el despertar de la razón que, como guía interna, trata de permitirnos vivir con profundidad y sentido, alejándose de la simple sumisión ciega a unas fuerzas, ya se entiendan “naturales o “sobrenaturales”.

El que ama intensamente, busca la verdad y no se conforma con la ausencia de respuestas, ni con la incapacidad propia para encontrarlas, no se resigna y en su empeño trata de superar sus limitaciones.

Ciertamente, como diría Sócrates con tanta insistencia, el problema no es la ignorancia, sino la falta de interés por saber; no es no poseer alguna certeza, sino la carencia de impulso hacia ella, pues este abandono nos pone a merced de la esclavitud de la ignorancia y sus mercaderes. Cuando al ser humano se le anula su natural tendencia hacia el saber (que muestra la necesidad de querer valerse por sí mismo), ciertamente se le esclaviza en la peor prisión, la de la oscuridad mental, la ignorancia. Pero, continuando con Sócrates, la forma más grave de ignorancia no es la del que no sabe, sino la de quien carece de interés por aprender (ya sea por sumisión, pasotismo o vanidad de creer que uno ya sabe lo que hay que saber).

Falso es también el amor a la verdad que se manifiesta como una actitud contemplativa en la lejanía y no se expresa en un impulso de conquista y completura que nos mueve a la aventura, a la conquista de lo que amamos y que nos falta.

¿Una amada real o imaginaria? Convicción y fanatismo

Pero ¿existe la verdad? Y si existe, ¿dónde está, dónde se esconde? ¿No será que cada uno se inventa su “amada ideal”?

Por desgracia, la tendencia a extremismos nos ha enfrentado muchas veces en una falsa dialéctica entre relativistas, que proclaman que no hay nada cierto, que todo es relativo, y los defensores de la verdad absoluta. Ante la inmensidad de “lo desconocido”, ante la aparente imposibilidad de obtener respuestas para las más profundas interrogantes, tanto la fe ciega como el escepticismo radical anulan el impulso humano de amor a la verdad.

Cierto es, y bueno es reconocerlo, que las propias limitaciones como seres humanos nos darán siempre visiones parciales, incompletas, a veces distorsionadas de la realidad, pero nuestro propio sentido común nos muestra, en lo que podemos observar de ese mismo mundo, un orden, unas leyes, que mantienen la armonía y el ritmo que percibimos en el universo. Ese orden celeste y vital nos sugiere un sentido y una finalidad. Es de la intuición de ese sentido de lo que se alimenta el amor a la verdad. Quien cree que todo es relativo y que nada tiene ni profundidad ni sentido no anhela comprender ni alcanzar nada, pues permanece ciego al orden y al impulso de la vida que subyace en toda la naturaleza. Nos toca, eso sí, aventurarnos en su busca sin acomodarnos en dogmatismos que nos impidan dudar o poner a prueba nuestras propias creencias.

La meta de todo conocimiento último es la de poder ofrecer un modelo coherente que nos explique la vida, una cosmovisión en la que todo lo que observamos y vivimos tenga sentido, abarcando todos los aspectos del ser y la existencia, desde el nacimiento de una estrella a la sonrisa de un niño o el porqué y para qué de la muerte.

Sin embargo, tal conocimiento no parece ser patrimonio de nadie y cada época recrea un nuevo paradigma que se alza como “definitivo”. Solo el reconocimiento de nuestras limitaciones nos permitirá entender nuestras interpretaciones como aspectos o reflejos de esa razón o logos universal que, en la medida en que busquen complementarse, podrán ir alzándose a una visión más global, aunque para muchos nuestra pequeñez es razón suficiente para el abandono en el escepticismo radical que a nada aspira, o el fanatismo que a todos quiere imponerse.

Frente a ese fanatismo, carente de ideas pero sobrado de miedos, basado en posturas rígidas e intolerantes alimentadas por la ignorancia, no debemos oponer ese otro extremismo escéptico, sino la saludable convicción, que se abre paso para ir integrando en nuestras vidas aquellas ideas, valores, conocimientos y experiencias válidas que van tejiendo, como un todo, nuestra visión de la vida y de nosotros mismos. Pero la convicción, en contra de la fe ciega, es elástica, se renueva y alimenta cada día con ideas nuevas, no es inmovilista, no teme pensar ni dialogar, pues ama la verdad venga de donde venga.

La sabiduría de la mente y la sabiduría del corazón

Fe y razón no son opuestos sino complementarios.

No es difícil ver adónde nos conduce la una sin la otra. La fe, de espaldas a la razón, nos impide ver y valorar evidencias que puedan poner en duda lo que a priori hemos aceptado como verdad. La razón estrecha que solo mira evidencias negando lo que aún no comprende, sin imaginación para intuir o creer en modelos de explicación todavía no demostrados, camina sin rumbo y sin posibilidad de avanzar realmente.

¿Y si entendiéramos la fe como una inspiración-intuición que nos lleva a pensar que algo puede ser cierto en la medida en que parece explicarnos y dar sentido al mundo que observamos? ¿Y si viviéramos esa fe como una confianza, no como una aceptación ciega? Confiar es aceptar la validez de algo por las pruebas que nos da, porque de alguna forma ha “ganado nuestra confianza”, pero sin renunciar a nuevos enfoques y posibilidades.

La razón tampoco puede sacralizar las llamadas evidencias, pues un sano sentido común nos va descubriendo que, detrás de lo que vemos y percibimos, siempre hay un inmenso mundo de causas aún no descubiertas.

Cuando el único fin es realmente el acceso a la verdad, naturalmente se produce una complementación entre razón e intuición, imaginación y evidencia, en un espíritu verdaderamente libre de prejuicios.

Ante la inmensidad de lo desconocido, el ser humano tiene derecho a imaginar o a creer, pero no a frenar su vocación de conocimiento porque, ante la imposibilidad de comprender ciertos enigmas, las únicas respuestas no son el escepticismo o la fe.

Recuerdo la historia que, cuando era niño, me contaban aquellos que querían acallar muchas de las preguntas que hacía sobre el misterio de la muerte o la naturaleza de Dios:

Me narraban cómo, en cierta ocasión, san Agustín caminaba por la playa tratando de comprender la idea de la Santísima Trinidad, trina y una a la vez, cuando se encontró con un niño que, con gran afán, trasladaba agua con una concha del mar a un pequeño agujero que había hecho en la arena de la playa.

Ante la evidente inutilidad del esfuerzo del niño, san Agustín se acercó y le preguntó qué trataba de conseguir.

–Meter el agua del mar en mi agujero –respondió.

–Pero hijo, ¿no ves que es imposible?, el mar es inmenso y tu agujero muy pequeño. Por mucho que lo intentes, nunca podrás llevar todo el agua del mar –respondió san Agustín

El niño se reveló como un ángel y le contestó que el mismo inútil esfuerzo estaba haciendo él, al intentar comprender una verdad tan grande con su limitada mente.

Y con esta historia se intentaban detener mis preguntas concluyendo: “eso, hijo, es un misterio, no intentes comprenderlo; ante el misterio solo nos queda la fe”.

Ni que decir tiene que nunca se apagaron mis deseos de conocer y comprender la vida. Y hoy creo que aquel dilema del niño-ángel queriendo meter el mar en un pequeño hueco en la arena hubiera podido tener otra posible respuesta: ¿no podríamos agrandar el agujero hasta hacerlo uno con el mar? ¿No podemos trascender en cualidades nuestras limitaciones? ¿No se trata de eso la evolución?

Es como aquel loco arquero que utilizaba la luna como blanco de sus flechas. Nunca la alcanzó, pero fue el arquero que llegó más lejos.

Ciertamente, es necesario dar la razón a los viejos filósofos que nos decían que en la búsqueda de la verdad no es solo importante la fuente a la que nos acercamos a beber, sino nuestra capacidad para recoger agua, nuestra capacidad para comprender, para ampliar horizontes internos, para desarrollar nuestras cualidades latentes, para dejar de ser un pequeño agujero en la arena y acercarnos cada vez más a ese mar inmenso que en potencia somos.

Un saber global

El verdadero conocimiento es integrador, convergente, global. La excesiva fragmentación y especialización puede hacernos perder de vista el sentido general que nos permite entender cómo se articula la vida, cómo todo se integra y relaciona.

Un águila no es la suma de plumas, huesos, músculos, etc., sino una totalidad vital que se expresa en majestuosidad y belleza.

Hablar de amor al conocimiento es no perder esa visión global, amplia e integradora, verdadero motor del progreso de los pueblos, que busca no solo indagar en los “cómos” de la vida, sino en sus finalidades, y que trata de aunar todos los aspectos del saber y de la experiencia. Ciencia, arte, filosofía, economía, espiritualidad, etc., pueden converger en la experiencia plena del conocimiento.

Como dice el preámbulo de la declaración de principios en torno a una ética universal, “Pensamos que es necesario fomentar la cultura como un conocimiento global, como una experiencia profunda de la humanidad que recoja su historia, sus logros, sus errores, expresados en el conjunto de sus valores permanentes, conocimientos científicos, creencias y experiencias, que van siendo acumuladas generación tras generación”.

Cuando el hombre eleva su pensamiento en busca de lo que cree bueno y verdadero, vislumbra ideales de vida que conforman altas metas y modelos de superación y perfección. De esa aspiración nace el impulso de plasmación de un modelo de mundo y de ser humano. De él derivan las formas de arte, de política, de religión; se configuran las formas culturales y civilizatorias. En todo ello, la humanidad podrá errar muchas veces, y tendrá que corregir tantas como sea necesario, pero ¡cuán pobre habría sido la trayectoria humana sin ni siquiera haber empezado a soñar!

La herencia de ese proceso de aciertos y errores, de marchas y contramarchas, supone un legado universal al que todos tenemos derecho, un derecho fundamental al que acceder a través de la educación.

Por ello, la educación, para que sea realmente una fuente de realización para los individuos, ha de ser global, integradora de conocimientos y aspectos de la vida; una educación no solo para la mente, sino para el corazón; no solo técnica, sino una educación en valores universales que reúna como un todo aspectos científicos y humanísticos, tecnológicos y sociales; una educación, en suma, no solo para “saber hacer”, sino para “ser” y vivir plenamente.

Avivar el amor al conocimiento

A menudo me pregunto cómo se puede alentar este amor a la verdad, esa aspiración por conocer y comprender en aquellas personas en que más se haya adormecido.

Lo cierto es que he podido comprobar que en aquellos que poseen un espíritu de superación surge naturalmente en algún aspecto ese impulso por saber. Por otro lado, el embotamiento en el consumismo, o la dilapidación del tiempo libre en horas interminables ante la televisión o los videojuegos adormecen toda inquietud, mientras que el contacto directo con la naturaleza y con otros seres humanos, los viajes o el arte, abren la mente y despiertan una empatía hacia el mundo y su significado.

En cualquier caso, está claro que la búsqueda de la verdad no solo es un impulso hacia fuera queriendo encontrar lo válido y auténtico, sino hacia adentro, despertando las sensibilidades y capacidades para ver, sentir, entender y ser.

En el frontis del templo de Delfos, se podía leer: “Conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los dioses”. Y es que, tal vez, la clave para desvelar el universo se encuentre en nuestro interior, como parte de él que somos.

En una escala natural de nuestras realidades internas, el impulso por conocer nos lleva a un aprendizaje y a un desarrollo de habilidades que completan nuestra realidad humana en un proceso creciente.

Aprender a hacer →

Aprender a sentir → Aprender a ser

Aprender a conocer →

Si nos detenemos un momento a observarnos, veremos que cada cual necesita potenciar algún especto más que otro si queremos obtener un equilibrio que se resuma en la natural realización de nuestro ser. Y es en ese trabajo donde se puede decir que se halla la sabiduría, pues el único que puede alcanzarla es el ser, dando sentido y finalidad a todas sus expresiones en la vida.

La Naturaleza: fuente de sabiduría

Pienso que el amor al conocimiento no solo nos llevaría a guardar e integrar en nuestras vidas, en nuestros sistemas educativos, la historia como maestra de vida, la experiencia y enseñanzas de los grandes maestros de la humanidad; no solo desarrollaríamos el amor por la lectura, las artes, la ciencia o la búsqueda de experiencias místicas, sino que nos acercaría silenciosamente a la naturaleza, revelándonosla como fuente de sabiduría, porque de forma sorprendente ese amor nos despierta la capacidad de leer en la Naturaleza.

La Naturaleza nos da una lección de unidad y profundidad, pero hay que saber acercarse a ella con respeto y el alma abierta para escuchar los secretos que nos susurra, secretos que cada cual oirá en su “idioma”: el científico con su mente científica, el poeta con su corazón de metáfora, el místico con su alma alada. El cielo, las montañas, las aves, los árboles, los lagos, las estrellas… son libros abiertos para quien ama el misterio de la vida y quiere profundizar en todas sus dimensiones.

Helena Petrovna Blavastky, filósofa del siglo XIX, dijo que si todos los libros del mundo desaparecieran, nuestro amor a la verdad nos llevaría a recuperar tanta sabiduría acumulada por la humanidad con solo volver a aprender a leer en la Naturaleza.

Pero, como dijera mi querida maestra Delia Steinberg, para poder desvelar los misterios de la Naturaleza, el hombre debe sentirse uno con ella.

Recapitulemos

Llegados a este punto, me gustaría recapitular y resaltar algunas de las cualidades fundamentales a las que contribuye potenciar en cada uno el amor al conocimiento y la verdad:

.- Nos ayuda a canalizar la necesidad legítima de autonomía, de razón propia, del propio pensar frente al ser pensado. Activa el propio motor interior afirmándonos como individuos que quieren comprender por sí mismos.

.- La mente se esclarece por la búsqueda de la verdad, dando paso a la inteligencia y a una de sus mayores joyas: el discernimiento.

.- El amor al conocimiento suele traducirse en sensatez y cultura propia, así como perspectiva para el dominio y equilibrio de uno mismo, pues a la propia experiencia unimos la riqueza trasmitida por los demás hombres.

.- Nos permite realizarnos en el derecho a desplegar la imaginación y alcanzar un cierto grado de conocimiento. Solo el conocimiento (junto con el amor) nos hace libres. Pero sin olvidar que el conocimiento y la libertad implican un compromiso ético con nosotros mismos y con los demás.

.- En la sociedad, es uno de los más importantes motores de auténtico desarrollo, sobre todo cuando el conocimiento tienen un sentido global y se lo potencia en todos sus aspectos, no solo los tecnológicos o materiales, sino los humanísticos y espirituales.

El compromiso con la autenticidad

Comenzamos diciendo que el primer rasgo de amor a la verdad es el de ser auténtico, tratar de vivir acorde a los valores y principios que se van reconociendo en nuestra conciencia. Es un compromiso de coherencia entre pensamientos, sentimientos y actos.

El amor a la verdad no puede mirar hacia otro lado cuando hay injusticia, ni hacer oídos sordos a la mentira ni a la crueldad, pues buscando lo justo, lo bueno y verdadero no puede haber complicidad con lo que lo destruye.

Si eres de los que miran el mundo con los ojos abiertos, recuerda: Quien ama la verdad la busca… pero con amor.

Miguel Ángel Padilla




martes, 29 de septiembre de 2009

Me declaro Vivo

“Saboreo cada acto. Antes cuidaba que los demás no hablaran mal de mí, entonces me portaba como los demás querían y mi conciencia me censuraba. Menos mal que a pesar de mi esforzada buena educación siempre había alguien difamándome. ¡Cuánto agradezco a esa gente que me enseñó que la vida no es un escenario!

Desde entonces me atreví a ser como soy! Tengo amigos de todas las religiones; conozco gente extraña: vegetarianos que devoran al prójimo con su intolerancia, personas que caminan con un cartel que dicen: "Yo se más que tu"; Médicos que están peor que sus pacientes, gente millonaria pero infeliz, seres que se pasan el día quejándose, que se reúnen los domingos para quejarse por turnos, gente que ha hecho de la estupidez su manera de vivir.

El árbol anciano me enseñó que todos somos lo mismo. La montaña es mi punto de referencia: ser invulnerable, que cada uno diga lo que quiera, yo sigo caminando imparable, soy guerrero: mi espada es el amor, mi escudo el humor, mi hogar la coherencia, mi texto la libertad, y si mi felicidad resulta insoportable, discúlpenme, no hice de la cordura mi opción, prefiero la imaginación a lo indio, es decir inocencia incluida. Quizás solamente teníamos que ser humanos.

El que tú no veas los átomos, no significa que no existan. Por eso es muy importante que sea el Amor lo único que inspire tus actos. Sin Amor nada tiene sentido, sin Amor estamos perdidos, sin Amor corremos el riesgo de estar de nuevo transitando de espaldas a la luz. En realidad, sólo hablo para recordarte la importancia del silencio.

Anhelo que descubras el mensaje que se encuentra detrás de las palabras; no soy un sabio, sólo un enamorado de la vida. El silencio es la clave, la simplicidad es la puerta que deja fuera a los imbéciles. La educación oficial te prepara para que seas tu propia interferencia.

Es interesante ver cómo los programas educativos eligen cuidadosamente todo lo esencial para descartarlo; así, no se enseña a vivir ni a morir, a amar ni a reír. La gente feliz no es rentable, con lucidez no hay necesidades innecesarias. No es suficiente querer despertar, sino Despertar. La mejor forma de despertar es hacerlo sin preocuparse porque nuestros actos incomoden a quienes duermen al lado.

Recuerda que el deseo de hacerlo bien será un interferencia; es más importante amar lo que hacemos y disfrutar de todo el trayecto; la meta no existe, el camino y la meta son lo mismo, no tenemos que correr hacia ninguna parte, sólo saber dar cada paso plenamente. No, no te resistas, ríndete a la vida, quien acepta lo que es y se habilita para hacer lo que puede, entonces se encarnan las utopías y lo imposible se pone a disposición. La mejor manera de ser feliz es: "ser feliz"; reconstruye tu raíz y saborea la vida; somos como peces de mares profundos, si salimos a la superficie reventamos.

El corazón está en emergencia por falta de amor, hay que volver a conquistar la vida, enamorarnos otra vez de ella; nuestro potencial interior aflora espontáneamente cuando nos dejamos en paz. Quizá sólo seamos agua fluyendo; el camino nos lo tenemos que hacer nosotros, mas no permitas que el cauce esclavice al río, no sea que en vez de un camino tengas una cárcel. La infelicidad no es un problema técnico, es el resultado de haber tomado el camino equivocado. Amo mi locura que me vacuna contra la estupidez, amo el amor que me inmuniza ante la infelicidad que pulula por doquier, infectando almas y atrofiando corazones.

El amor es, a nivel sutil, la esencia de nuestra instancia inmunológica. Sin amor, el síndrome de inmunodeficiencia será adquirido inevitablemente y ello es mortal. Desde mi corazón indígena sospecho que ser infeliz es una evasión. ¡Cuán fácil es hacer tonterías en este mundo moderno! Sospecho que el hombre empezó a equivocarse hace mucho tiempo, es decir que ya es tiempo de rectificar la marcha, y reorientando el paso, retomar la sagrada senda del sol.

No es posible llegar a nuestro sitio sin trascender el egoísmo; no es posible acceder a la vida plena sin haberse purgado previamente de miedos y temores. La gente está tan acostumbrada a complicarse, que rechaza de antemano la simplicidad; la gente está tan acostumbrada a ser infeliz, que la sensación de felicidad les resulta sospechosa; la gente está tan reprimida, que la espontánea ternura le incomoda y el amor le inspira desconfianza. Hay cosas que son muy razonables y… apestan. Ya no podemos perder el tiempo en seguir aprendiendo técnicas espirituales cuando aún estamos vacíos de amor.

Quienes no están preparados para escuchar tienen la recompensa de no enterarse de nada. Disfruta de lo que tienes, recibe lo que venga, crea e inventa lo que necesites, haz solo lo que puedas, y fundamentalmente celebra lo que tengas. La vida es un canto a la belleza, una convocatoria a la transparencia, cuando esto lo descubras desde la vivencia, el viento volverá a ser tu amigo, el árbol se tornará en maestro y el amanecer en ritual, la noche se vestirá de colores, las estrellas hablarán el idioma del corazón y el espíritu de la tierra reposará otra vez tranquilo. No importa lo que digan de ti… Lo que los demás esperan de ti pueden convertirte en una cárcel; digan lo que digan de mí yo soy el que soy.

Del libro, “Me declaro Vivo” por Luis Espinoza (Chamalú), 1994