miércoles, 4 de mayo de 2011

Sentido del mito en Platón


Francisco Duque Videla

La mayor parte de los pensadores modernos que recogen y analizan el quehacer mítico de la epopeya griega, digamos, «primitiva», consideran que constituye una fórmula prelógica de concepción de los fenómenos cósmicos y naturales que conmovieron a los griegos. Este rasgo positivista no abandona a la mayoría de los historiadores de la Filosofía. Así, la interpretación de Tales o Empédocles se considera un tránsito desde el mundo mítico al racional.

Por ello resulta asombroso en estos pensadores que Platón y aun Aristóteles vuelvan al mito como recurso expresivo, e intentan interpretar este hecho como un tránsito paulatino desde una «Filosofía Mítica» hacia una «Filosofía Científica».

Entre los platonistas encontramos la opinión de que Platón, mediante su sentido poético, interpreta los mitos como medio de romper el rigor racional. Se atribuye su utilización a las ideas religiosas órficas, movimiento espiritualista que ejerció gran influencia en algunos de los presocráticos, especialmente en Pitágoras.

Se suele presentar en oposición al Mythos con el Logos, entendiendo el primero como el concepto prelógico antecedente de la concepción racional. Sin embargo, Platón afirma que el conocimiento lógico tiende a desaparecer en el recuerdo del hombre después de algún tiempo más o menos extenso, y entonces continúa fresca la imagen del Mito como símbolo del contenido filosófico.

Vemos que el sentido platónico del Mito se aproxima mucho a un carácter paradigmático, es decir, como modelo arquetípico de una realidad que sólo es Mímesis, imitación de otra original, eterna e inmutable.

El Mito es una puerta que separa o enlaza el Mundo Sensible del Mundo de las Ideas, es una forma de comunicación con ese Mundo inaccesible aun para el hombre en toda su magnificente grandeza.

La Idea pura es trascendente a las cosas e inmanente al Alma y su lenguaje es el Mito. «El hombre es superior a las cosas sobre las que piensa e inferior a aquello por lo cual piensa». El Mito abre un camino en dirección a lo inaccesible.

Jean Brun afirma en su libro Platón y la Academia: «El Mito es el medio por el cual lo intemporal se torna narración en la boca de los hombres y lo Uno viene a ubicarse en los límites del discurso. Por este recurso lo invisible deviene inteligible para el hombre y, si no perfectamente visible, por lo menos perceptible. Gracias al Mito, lo inefable puede relatarse y lo incomunicable se comunica. El Mito es una vía analógica que trata de suscitar en nosotros la anamnesis capaz de conducirnos nuevamente al lugar donde se encuentra un origen que hemos olvidado. El Mito es una ascensión por medio del Logos».

Finalmente, diremos en este punto, con Jorge Ángel Livraga, que «el Mito tiene varias propiedades. Se trata de uno de los exitosos sistemas utilizados en las Escuelas Iniciáticas, por cuanto sin dejar de ser racional, posee algunos elementos para-racionales con la propiedad de despertar en el hombre ciertos aspectos que están más allá de su estricta capacidad de razonar. Donde la razón no llega, el Mito sí; está más cerca de la intuición que de la razón. El Mito nos habla de una verdad en lenguaje simbólico, y ese lenguaje presenta notables ventajas; es suficientemente rico, amplio y plástico como para que dentro de ese simbolismo cada cual capte lo que pueda asimilar. Ante el Mito nadie se queda 'en blanco', mientras que ante una explicación racional sí. Por eso Platón acude al Mito cuando tiene que explicar elementos tan sutiles como para que no encajen dentro de la estricta capacidad humana». Relación de los principales Mitos Platónicos

Permanentemente hacemos uso de los mitos platónicos y la tarea de leer y analizar todos ellos resulta maratónica, por lo que este breviario puede servir de alguna utilidad. De ninguna manera daremos por agotado el tema y más bien este trabajo intenta incentivar la lectura del original y beber en las mismas fuentes platónicas este genial enfoque de la Vía hacia lo Invisible.

Podemos establecer un orden en la exposición de los mitos según la temática que se plantea en ellos, aun cuando esta elección resulte compleja porque en varios se advierte más de un sentido y pueden ser a la vez, por ejemplo, cósmicos y escatológicos.

De tal modo, la estratificación será, de alguna manera, arbitraria, pero servirá para tener una relación relativamente ordenada de los mismos. Así, reconoceremos los siguientes grupos:

a) Mitos Teogónicos y Cosmogónicos. b) Mitos Antropológicos. c) Mitos Ontológicos y Psicológicos. d) Mitos Sociopolíticos. a) Mitos teogónicos y cosmogónicos

1. El Nacimiento de Eros. (El Simposio o Banquete). En este Diálogo se proponen una serie de «encomios» o piezas retóricas de carácter elogioso, sobre el tema del Amor, que se ordenan sucesivamente como una transfiguración entre lo dionisíaco y lo apolíneo, coronados por el discurso de Sócrates. Aquí se exponen algunas interesantes concepciones míticas a cargo de los participantes al banquete dignas de ser mencionadas.

La exposición de Pausanias asocia a Eros con el servicio que le presta a la Diosa Afrodita y distingue, por lo tanto, un Eros Pandemos y un Eros Uranios; un amor apasionado, irreflexivo y vulgar, y otro de origen divino que motiva el perfeccionamiento del ser amado inegoístamente. Uno está inspirado por la Musa Polimnia y el otro por Urania.

Tras la exposición de Aristófanes, orientada hacia lo antropológico, y de Agatón, en cuya casa se efectúa el simposio, que lo hace un Dios bello y perfecto, expone Sócrates, para cerrar, una conversación que habría sostenido con Diótima de Mantinea, profetisa e Iniciada, en donde se concluye que Eros es gestado cuando la Pobreza (Penia) llega a mendigar a la puerta de la mansión de los Dioses, del que ha salido Poros (Riqueza, Recurso) embriagado, para descansar en el jardín. Entonces Penia decide tener un hijo de Poros y se acuesta a su lado. De tal modo es engendrado Eros, que es un Genio y no un Dios, que vive miserable pero ama la abundancia, que no es bello ni tampoco definitivamente feo, y que Platón relaciona con el filósofo que ama la Sabiduría porque no la posee.

2. La Construcción del Universo. (El Timeo). El Demiurgo ha construido el Universo siguiendo un modelo idéntico, uniforme y eterno. Ese Mundo eterno es un Ser vivo y posee un Alma. El Ánima Mundi es el resultado de la mezcla de la sustancia indivisible e invariable y la sustancia divisible, de la que se obtuvo un tercer compuesto, procediendo a mezclar nuevamente estos tres. El Mundo, siguiendo el modelo original, ha sido un reflejo lo más bello y perfecto posible. El Alma, de naturaleza esférica, está colocada en el centro de todo, y se extiende traspasando las diversas parte y aun más allá.

El Demiurgo crea las cuatro clases de seres vivos. Primero la de los seres celestes o Dioses en base al elemento Fuego, con forma redondeada y cuya imagen perfecta se asemeja a los modelos de Dioses de Homero y Hesíodo. Luego vienen los géneros de seres que pueblan el Aire, el Agua, y finalmente los que caminan por la Tierra, entre ellos el hombre.

Platón sitúa entre el Modelo y su Imitación un tercer Elemento que él llama el «Receptáculo» o la «Nodriza» y que los comentaristas traducen por el Espacio. Se trata de Aquello ilimitado que permite distinguir una cosa de la otra, contenerlas a todas y finalmente fundirlas en una sola.

El Tiempo es una imagen móvil de la Eternidad, no es una realidad que se baste a sí misma. Los accidentes del devenir son variedades del Tiempo y no afectan a la Eternidad. El Tiempo imita a la Eternidad y gira en círculo de acuerdo con el Número, según Platón.

Este mito es uno de los más oscuros y aún mantiene perplejos a los filósofos. Casi todos se han dedicado a su estudio con resultados más o menos infructuosos. Plutarco, Cicerón, Giordano Bruno o Blavatsky, entre otros, le dedican varias páginas, siendo esta última la que aporta más elementos de comparación y estudio en su Isis sin Velo y en su Doctrina Secreta, lo que daría para más de un artículo.

3. Constitución de la tierra. (El Fedón). Inserto en un mito relativo al destino de las almas, se contienen referencias acerca de la estructura de la Tierra. Platón dice que la Tierra que habitamos está compuesta de tres Tierras concéntricas. Una está por encima de la nuestra y otra por debajo. No vemos la superior, explica Platón, como no vería el cielo un observador situado en el fondo del mar que tomara por cielo las aguas del océano, pero esta esfera sutil tiene el aspecto de un globo de doce porciones de colores en que se mueven los astros, y es el éter. Quienes habitan esa esfera no padecen dolores ni enfermedades y tienen comunicación directa con los Dioses. La inferior es el abismo a donde van las cosas invisibles, la morada del Hades, donde van las almas impuras para expiar sus errores, como las Antípodas o Talas en oposición a los Lokas de la tradición inda.

Platón otorga destinos «geográficos» a los difuntos, enviando a los filósofos, los más justos entre los hombres, junto a los Dioses en una vida incorpórea. Los que han sido a veces justos y a veces injustos irán hacia el Aqueronte y el lago Aquerusia, y tras recibir las compensaciones acordes a sus acciones, buenas o malas, serán destinados otra vez al ciclo de las generaciones. Aquellos que cometieron injusticias movidos por la cólera irán al Piriflegetón, el río de las llamas ardientes, y al Cocito, purgando el daño causado a sus víctimas, situadas en el lago Aquerusia. Si son perdonados, sus penas terminarán; de lo contrario serán arrojados al Tártaro, donde habitan aquellos que han cometido crímenes imperdonables. Podemos ver aquí una clara alusión a los «planos» de experiencia post-mortem.

4. Movimientos del cosmos. (El Político). Platón establece una relación entre los movimientos del Cosmos y la Evolución humana. En principio, Dios le da al Mundo un sentido giratorio, para luego dejarlo seguir de modo tal que llegado a un punto, el mundo vuelve a retornar en el sentido contrario. Como la evolución de las sombras geométricas de los números, ésta también se manifiesta en dos sentidos, a la manera del rotar de las aspas de la cruz de Vishnu-Shiva, primero como las manecillas de un reloj, de lo Uno a lo Múltiple, y luego a la inversa, de lo Múltiple a lo Uno. La multiplicación es guiada por el Odio y la reunificación por la Amistad. En la época regresiva hacia lo Uno, se habla del rejuvenecimiento, del retorno, es la era de Cronos, en que los Dioses conviven con los hombres como los pastores con las ovejas. La otra, en que la vida marcha hacia la muerte, es la era de Zeus, en que los hombres deben valerse por sí mismos. Sin embargo, los Dioses, apiadados del sufrimiento humano en esta última época, les concedieron a los hombres la industria y el fuego. Esta es una clara alusión al Mito de Prometeo y el descenso hasta la materia, apenas iluminada por el fuego de la conciencia otorgada por Prometeo. b) Mitos antropológicos

1. El mito de los metales. (La República). En esta breve alusión, para explicar el origen de las diferencias existentes en la naturaleza humana, Platón nos cuenta que en el principio los Dioses introdujeron en el Alma humana cuatro «metales» en proporciones que reflejan la construcción del Universo por el Demiurgo. Así, todos los hombres poseen una proporción de oro, otra de plata, otra de cobre y otra de hierro. Uno de estos metales prevalece sobre los otros, distinguiéndose así hombres de Oro, los Filósofos; hombres de Plata, los Guardianes; hombres de Cobre y Hierro, artesanos y aquellos llamados a las labores agrícolas y pastoriles. Esto origina a la vez la necesaria estratificación del Estado propuesta por Platón.

2. El andrógino primitivo. (El Simposio o Banquete). Corresponde a la exposición o encomio de Eros que hace Aristófanes en el banquete en casa de Agatón, y donde refiere que antiguamente la Humanidad se componía de seres andróginos, masculinos y femeninos a la vez, provistos de 2 cabezas, 4 brazos y 4 piernas, una fuerza descomunal y un orgullo desafiante hacia los mismos Dioses. Como resultado de esto, los Dioses, con la ayuda específica de Apolo, separan a los andróginos, quedando el ombligo como evidencia de esta operación. Entonces la vida se hace imposible para cada parte, pues no puede vivir sin la otra, de modo que Zeus, apiadado, los dota a cada uno de un órgano sexual en la parte delantera, permitiendo el apareamiento y la satisfacción del deseo. Como consecuencia de ello y de la relación de las partes, va surgiendo y perfeccionándose el Amor entre ambos, que no es sino la búsqueda de la unidad perdida. Parte de esta exposición es considerada con seriedad por Platón, debido a su innegable origen mítico, esotérico, y sólo va a discutir las conclusiones aportadas por Aristófanes, que evidentemente se desvían hacia una connotación social.

3. La Atlántida. (El Critias y El Timeo). Este Mito, de evidente contenido histórico, muestra la fundación de Grecia por los Dioses, según es referida a Solón por los sacerdotes de Sais, Egipto. Le refieren que en la Antigüedad los griegos eran superiores a cualquier pueblo, guiados por los Dioses, pero diversos cataclismos sacudieron la Tierra, hundiendo la otrora gloriosa gran Isla que habitaban, de la cual sólo asoman unos promontorios hoy. De este modo los atenienses perdieron el recuerdo de su pasado y se conducen como niños inconscientes de su primitiva gloria. Platón recalca el trasfondo histórico que encierra el Mito, lo que en parte se ha obviado debido a los prejuicios positivistas de quienes se han detenido a analizarlo, particularmente en la época moderna. c) Mitos ontológicos y psicológicos

1. El mito de Glauco. (La República). Refiere Platón la caída de Glauco o Glaucón en las aguas después de haber quedado prendado de su reflejo, y cómo arrastrado hacia las profundidades marinas, fue perdiendo el recuerdo de su divino origen. Recubierto por algas, conchas y arenas, el dios ha olvidado quién es y ahora se desplaza por el fondo del océano como un monstruo abominable y deforme.

Encontramos en este mito una clara alusión a la encarnación o caída del hombre en la materia, con mayor razón si relacionamos esta caída con la división tripartita del mundo que hace Platón en El Fedón, donde se refiere a la constitución de los planos de manifestación donde las aguas son el símbolo del mundo astral.

2. La construcción del alma.(El Timeo). Ya se mencionó cómo el Demiurgo hizo el Alma del Mundo, a partir de lo Mismo y de lo Otro, creando una tercera sustancia que mezclada con las otras dos, dividida y unificada matemáticamente, se mueve por sí misma en forma circular, girando sobre su propio eje.

Más tarde el Demiurgo vuelve a hacer otra mezcla y la divide en un número igual de almas que los astros, y les enseña la naturaleza del Todo. Luego estas almas son arrojadas en los instrumentos del tiempo y unidas a un cuerpo. Este cuerpo se ve conmovido por la violencia de sus elementos de origen, es decir, la naturaleza del fuego, el agua, el aire o la tierra, turbando el alma, que en lugar de conocimientos, sólo obtiene sensaciones. Cuando la turbación hace perder a las almas el ritmo de su movimiento circular original, entonces éstas caen en la confusión, desconociendo los nombres de las cosas y oponiendo definiciones contrarias a la verdadera naturaleza de lo Mismo y de lo Otro. Sólo cuando estas almas han vencido con su ritmo original las tendencias de sus cuerpos, retornan al Conocimiento verdadero.

3. La caída del Alma. (Fedro). Platón refiere en este Diálogo la dificultad para saber con precisión qué es el Alma. Pero afirma que nos podemos aproximar a ella a través de una imagen. En este mito describe el Alma como un carro alado donde un auriga conduce los caballos. Las almas de los Dioses poseen caballos robustos y dóciles; en cambio, las almas humanas poseen dos caballos, uno bueno y obediente y el otro díscolo. Los Inmortales siguen el cortejo de Zeus y contemplan «las realidades que están fuera del cielo». En su circunvalación no se desvían de su círculo original (ver Timeo) y pueden ver las Ideas en sí mismas.

Las humanas se esfuerzan por seguir a las almas de los Dioses, pero deben luchar constantemente en el forcejeo con los caballos, y éstos se topan entre sí, hasta que, prisioneras en un inmenso remolino, ya sin luchar, se dejan arrastrar perdiendo la posibilidad de la contemplación de lo divino. Entonces pierden las alas y caen a tierra para alojarse en el cuerpo de un hombre.

En el mismo Fedro se detiene Platón en la descripción de estos dos caballos. Blanco y de ojos negros el dócil, inclinado a la prudencia y la belleza, no requiere del látigo. El otro es negro y de ojos grises, amigo de la discordia y los excesos. El alma del hombre se debate entonces entre su naturaleza divina y su naturaleza mortal y apasionada.

Tres son las partes que constituyen el alma humana, como tres son las sustancias de la mezcla original. En La República ya refiere Platón que dos de estas partes son mortales (lo concupiscible y lo irascible) y sólo una inmortal (la razón). Incluso la localización anatómica que Platón otorga a estas partes es altamente significativa, ya que relaciona la concupiscencia con el bajo vientre -mundo animal-, a la que se modera mediante la templanza; la ira con el corazón, mundo humano, cuya virtud es el valor o coraje; y la razón con la cabeza, cuya virtud es la prudencia.

Es la reminiscencia la que hace recordar a las almas el mundo original olvidado y otorga movimientos a sus muñones implumes, frente a los objetos que motivan la sensación pero que traen a la vez el recuerdo de su verdadera imagen. En el Menón se hace referencia a la misma tradición mítica, afirmando que el Alma es inmortal y sin cesar renace en vidas diferentes. Después de haber contemplado todas las cosas, tanto en la Tierra como en el Hades, el Alma conserva los recuerdos vivos debido a su naturaleza homogénea, de modo que a la vista de uno puede recuperar los restantes. Esto lo demuestra después en el mismo Diálogo, haciendo venir Sócrates a un esclavo, por lo tanto sin estudios, de uno de sus interlocutores, al que somete a un problema geométrico que es resuelto por éste en virtud de su solo recuerdo, motivado por Sócrates mediante la Mayéutica.

4. La Inmortalidad del alma y la metempsicosis. (El Fedón). En este punto es donde invariablemente se asocia a Platón con los pitagóricos y la Religión Órfica. Ya mencionamos el destino de las almas después de la muerte, asociado a las características de la Tierra y las tres esferas.

Tras el recorrido de las almas por las tres «tierras», marchan las puras, como ya dijimos, en compañía de los Dioses. Las impuras, entorpecidas por su contacto con el cuerpo, vagan hasta que se encarnan según sus deseos. Es bastante oscura la relación con formas animales que establece Platón en este Mito, otorgando a los glotones y bebedores encarnar en asnos, y a los ladrones y tiranos en cuerpos de lobos y milanos; en cambio, los que se condujeron con rectitud social, irán hacia formas animales del tipo de las abejas o las hormigas. Evidentemente no debemos tomarlo al pie de la letra. Podemos ver en esto claves de carácter psicológico, así como astrológicas, para relacionar las formas animales con planos de conciencia y momentos de la encarnación. También existen relaciones con el reino elemental hacia el que caen los «cascarones astrales», o almas «pasionales», una vez que los principios constituyentes se disuelven y separan.

La Filosofía, como método de Educación, desliga al alma del cuerpo que la ata de un modo natural, al provocarle un desapego de los sentidos, y por lo tanto de su insistente llamada. El alma así entrenada se confía a sí misma y abandona paulatinamente el contacto con lo corporal.

5. El mito de los Infiernos. (Gorgias). Otra referencia sobre el juicio de las almas aparece en el mito contenido en este Diálogo, que menciona la época de Cronos y el comienzo de la de Zeus, donde eran los seres vivos los que juzgaban a sus semejantes antes de morir. La sentencia era pronunciada el mismo día en que acaecía la muerte. Sin embargo, los juicios llegaron a ser incorrectos en los últimos tiempos y las Islas Afortunadas se hallaban pobladas de habitantes inmerecidos. Entonces intervino Zeus, determinando que los hombres ya no conocerían la hora de su muerte, y lo harían desnudos para no deslumbrar a los jueces con su apariencia. Finalmente, asignó a jueces también desnudos y muertos: Minos, Eaco y Radamanto. Las almas juzgadas de este modo son castigadas para que mejoren, o como ejemplo que no debe seguirse si son incorregibles. Quizás encontremos aquí la misma relación que establecen los egipcios entre la desnudez y la inocencia y pureza necesarias para asistir al Juicio ante los Dioses, ya que es la psiquis y sus adornos la que «viste» al alma dándole apariencia engañosa.

6. El Mito de Er el Panfilio. (La República). En el libro X de este Diálogo, Platón se explaya sobre la elección de los géneros de vida al retornar otra vez a la Tierra, utilizando una vez más el Mito. Ahora el personaje escogido es un soldado, Er, al que los Dioses han permitido permanecer consciente después de morir en batalla, y volver para referir lo visto.

Tras la muerte, las almas toman dos caminos, según sea la naturaleza de sus actos. Los justos van hacia una abertura que se dirige al cielo y los criminales descienden por otra hacia el fondo de la tierra. Tras peregrinar fatigosamente en el abismo «expiando diez veces cada crimen durante cien años por cada expiación», o descansar plácidamente en el cielo, las almas regresan por las aberturas para ser juzgadas y elegir su próxima vida. Un hierofante sortea a las almas la oportunidad de la elección, arrojando formas de vida de las más diversas variedades, de animales, de tiranos, de justos, de hombres ricos o pobres, etc. Les advierte que la decisión depende de ellas mismas y que aun una mala vida puede ser revertida por la virtud. A pesar de estas advertencias la mayor parte de las almas se inclina por géneros de vida similares a su anterior existencia. Tras ello, la virgen Láquesis, hija de la Necesidad, las conduce hasta las Parcas; el genio escogido y que les servirá de guía pone en las manos de las almas el huso de Cloto; luego las conduce hacia la trama de Atropos, para que confirmen la decisión, y finalmente son llevadas a la llanura del Leteo, donde la mayoría se arrojan a las aguas del río movidas por la intensa sed producto de sus esfuerzos, aguas que provocan el olvido, salvo en aquellas que prudentemente no bebieron.

7. El Mito del anillo de Giges. (La República). En este Diálogo también se menciona el Mito del Anillo de Giges, que le otorgaba a su portador la capacidad de tornarse invisible con sólo girar su piedra hacia adentro. Su dueño, motivado por la codicia, desvirtuó su poder original. Una vez más insiste Platón en las potencias propias del hombre que, enlodadas por los vicios, se vuelven en su propia contra gratificando las apetencias insaciables de la psiquis, que transforman el poder en un arma de doble filo. Este mito está asociado también a las características políticas y el uso de la justicia en manos de los que detentan el poder, por lo que podemos situarlo en la frontera con el tema siguiente de los mitos sociopolíticos. d) Mitos sociopolíticos

1. El origen de la cultura. (Protágoras). Se refiere este mito a la creación de los seres mortales por parte de los Dioses, quienes encargaron a Prometeo y Epimeteo dotarles de diversas cualidades. Epimeteo repartió el don de la fuerza a unos, a otros la agilidad, la resistencia al frío; y a otros alas, pezuñas, etc. Cuando llegó el turno al hombre ya no quedaban dones que otorgar. Prometeo roba el fuego a Hefaistos y a Atenea el conocimiento de las Artes, pero a pesar de ello los hombres no pudieron vivir en ciudades por carecer de ciencias políticas. Entonces Zeus envió a Hermes para dotarles de la veneración y la Justicia.

Quizá cabría mencionar como referencia mítica dentro de este punto el origen de las constituciones, referido en Las Leyes, donde Platón muestra el estado original de los pueblos tras un cataclismo, avecindados en las montañas, y su posterior descenso a los valles, del mismo modo en que la virtud, propia de las alturas, se transforma en vicio en la medida en que la vida otorga facilidades y el hombre pierde el punto de vista original, con una clara alusión a las cuatro eras presentes en las tradiciones indas.

2. El Mito de la Caverna. (La República) Es sin duda el más conocido y comentado de los mitos platónicos por su alcance psicológico, político y por formar parte de su extensa exposición sobre la Teoría del Conocimiento, vía que conduce a los filósofos a traspasar los límites del mundo sensible, rompiendo las cadenas de la ilusión, y que los enfrenta directamente con el origen de la luz, las Ideas puras, mediante cuya contemplación el hombre se emparenta definitivamente con los Dioses. Este mito constituye un eje central al que arriban los demás como fragmentos de un puzzle, y sus detalles y matices son tan ricos que se van descubriendo en la medida en que se comprende su accesis hacia la Realidad. No es casual ninguna de las referencias que hace Platón, ni sobra detalle alguno en donde se detenga, ya sea para describir las sombras, las cadenas o los objetos que son portados sobre el muro y que se proyectan en el fondo.

En alguna medida los demás mitos están contenidos en éste, y sus significados son extensos y magistrales. La caverna ha servido a Platón para anticiparse en dos milenios y medio a una realidad que hoy tiene absoluta vigencia y que vuelve a encontrar al hombre ante el enigma, agotada la razón, extraviada la vía de la verdad, cercenada desde su mismo origen toda intuición por el racionalismo positivista.

Quizás necesitemos que otra vez el Mythos venga en nuestro auxilio y nos tienda un puente inalterado entre la realidad cambiante, pletórica de sombras, y el sueño aún ignoto de las Ideas, surgiendo luminosas en el horizonte del futuro.

BIBLIOGRAFÍA Paideia, Werner Jaeger. Historia de la Filosofía, Julián Marías. Platón y la Academia, Jean Brun. Obra Completa, Platón. Isis Sin Velo, H.P. Blavatsky.


lunes, 14 de marzo de 2011

EL ETERNO BUSCADOR

No se puede hablar de filosofía sin hablar del filósofo: no se puede mencionar el mundo de las ideas sin hablar del hombre que es capaz de vivir esas ideas. Así, si tuviésemos que destacar una de las características fundamentales del filósofo, del hombre de Sabiduría, diríamos que reúne las condiciones del eterno buscador. Es un hombre de conquista, que dejará de buscar cuando, por fin, llegue a la Sabiduría; y no sabemos si entonces buscará otras cosas, hoy incompresibles e inasequibles para nosotros.


El filósofo es como un sabueso que va por los campos y bosques, por las montañas y por los ríos de la de la vida, detrás de unas huellas muy especiales. Busca el conocimiento real de todas las cosas. Se busca a sí mismo. Busca la Verdad, Busca, en una palabra, a Dios como raíz universal.

Pero, ¿por qué es tan largo y dificultoso su camino? ¿Acaso la Verdad no está en este mundo en que vivimos? ¿Es que Dios no se deja ver aquí? ¿Es necesario atravesar un infinito desierto nuestra vida manifiesta, nuestro entorno histórico, nuestras circunstancias para encontrar lo que buscamos más allá de estas fronteras? No.

Creemos que Dios y la Verdad están en este mundo, en nuestro ambiente, en nuestros logros y en nuestros problemas. Pero están cubiertos por una espesa capa de fango. Quedan disimulados bajo figuras grotescas, a tal punto que en muchas ocasiones la mentira ocupa el lugar de la Verdad sin que aparentemente nadie pueda desenmascararla; y el vacío interior y el descreimiento ocupan el sitio de los naturales impulsos del espíritu humano.

La habilidad del filósofo buscador consiste en hallar aquí y ahora, en medio de los errores y la ignorancia, en medio de la oscuridad y las trampas, aquellas realidades ocultas que esperan el esfuerzo de los hombres valientes para llegar a refulgir con todo su poder.

Se impone buscar, sin cansancio, sin desperdiciar la menor oportunidad de descubrir luces entre las tinieblas, de encontrar unas gotas de felicidad aun en medio de las desdichas, una partícula de Verdad entre tanta desorientación.

Lo importante es la meta, es usar los sentidos y la inteligencia como guías para llegar a ella.

El que sabe lo que busca y cómo hacerlo, ése es el FILÓSOFO.

DELIA STEINBERG GUZMAN

lunes, 24 de enero de 2011

El sentido oculto de la vida

Jorge Ángel Livraga Rizzi

(Conferencia dictada en octubre de 1987)

Hay algo que siempre ha preocupado a los filósofos: la vida y sus distintos aspectos: si la vida continúa, si existe la muerte; qué es lo que sucede cuando nos retiramos de este escenario del mundo…

Y hay algo que a mí personalmente me ha llamado mucho la atención, y es que en el momento actual haya tantos millones de personas condenadas a muerte. Todos hemos de morir.

A veces pensamos, dadas las características un poco materialistas de este momento histórico, que es mejor no reflexionar mucho sobre esto. Siempre creemos que le va a tocar al otro; sin embargo, es obvio que lodos nosotros nacimos, vivimos y hemos de morir.

Me llama mucho la atención, como filósofo y como hombre, que no haya una preocupación más profunda sobre qué es la vida y qué sentido tiene. Porque hay cosas que nos afectan a unos sí y a otros no, como los problemas políticos o económicos, pero hay un problema que es común y es el hecho de que todos vamos a morir. Por eso me extraña, como filósofo y como hombre, que haya tantos millones de personas que no se preocupen seriamente en preguntarse a sí mismos y en preguntar a los grandes focos de sabiduría de la Antigüedad y a los grandes pensadores actuales qué significa esto y qué hay detrás de todo ello.

Hoy sabemos que todas las cosas, de alguna manera están vivas. Antes se diferenciaba a los seres orgánicos de los inorgánicos, y aún hoy, en química, se sigue hablando de química orgánica e inorgánica. Así, si alguien nos pregunta, decimos que un ser vivo es un perro, un gato, una persona, y una ventana o un trozo de madera, no. ¿Por qué?

Las investigaciones actuales, recogidas a través de los tiempos, nos enseñan que la constitución de todas las cosas, de todos los seres, parte de elementos comunes: químicos, relaciones físicas, térmicas, eléctricas, magnéticas, etc.

Sé que es muy difícil poder decir dónde está la vida y dónde no. A nosotros tal vez nos parezca que si acariciamos a un gato, o le pegamos, y él ronronea o grita, está vivo. Pero también cuando yo golpeo la madera hay un sonido…, un sonido que surge de este viejo anillo etrusco que golpea y la madera; ese sonido es la voz de la madera. Y si la fuésemos a doblar o a quebrar, esta madera haría “crack”, y ese “crack” es el grito de agonía de un ser que muere. Desde un punto de vista filosófico, no podemos diferenciar lo que está vivo y lo que no lo está.

Algo que nos enseña la filosofía clásica es a no trabajar con absolutos: en este mundo todo es relativo. Aquí no hay cosas absolutamente grandes ni absolutamente pequeñas; no existe lo negro ni lo blanco, no existe nada que tenga características absolutas. En el mundo manifestado todas las cosas son relativas. Yo os estoy hablando, os estoy diciendo algunas palabras, y, sin embargo, hace quince minutos, veinte, yo no os estaba hablando, y dentro de media hora ya no lo haré tampoco; son simples funciones del momento que no hay que confundir con la esencia de las cosas.

Una cosa no es ni mala ni buena en sí, sino por el uso que se le da; un cuchillo, por ejemplo, en manos de uno de esos navajeros y asaltantes que hay en las calles, es un instrumento de muerte, de opresión, y, sin embargo, un cuchillo en manos de un cirujano es un elemento de bien, de salvación. Entonces, ¿el cuchillo es bueno o es malo? Eso es una relatividad. ¿Este estrado es grande o es pequeño? Si lo comparamos con una hormiga es enorme, si lo comparamos con la ciudad de Madrid es ínfimo. En el espacio no tendría ni tamaño ni edad.

Si nosotros comenzamos por considerar los problemas de la vida con este criterio, es probable que lleguemos a conclusiones que tal vez no sean perfectas, pero sí humanas, y que nos ayudarían a vivir. Y aquí está el primer problema que se nos plantea: ¿qué es la vida? Esas características que damos a los seres vivos son propiedades de los seres vivos, pero no de la vida en sí.

Platón hace una diferenciación entre lo bello y las cosas bellas. Supongamos un jardín; vemos una estatua, una persona, y decimos que ese jardín, esa estatua, esa persona, son bellas. ¿Por qué? Porque participan de la esencia de lo bello. Es decir, que «lo bello» sería una esencia, un ser que está mas allá de todas las manifestaciones, y que tan solo se refleja en ellas, y a través de ellas lo iríamos descubriendo, aunque, como la arena, se nos escapa de las manos, y a medida que la apretamos se nos cae más.

Así, entonces, podemos deducir que todo lo que nos rodea está vivo.

La vida en sí, según los antiguos filósofos, se expresa como una actividad, una banda de actividad; todo aquello que está dentro de esa banda, decimos que está vivo, y aquello que no llega a esa banda de actividad tendría una vida diferente que a veces no podemos entender exactamente.

Si es que existe Dios, si es que existen los dioses, estarían vivos, mas estarían vivos en otra dimensión, diferente a esta en la que estamos nosotros. Estarían en otro grado de conciencia y estarían también en otro orden del tiempo. El tiempo también es muy relativo. Para un pequeño insecto, tal vez, unas pocas horas son toda su vida; para una estrella, nuestra existencia humana es un instante. De allí también que las medidas del tiempo sean muy relativas. Y dentro de estas relatividades tendríamos que encontrar el sentido oculto de la vida.

¿Qué es la vida? ¿Para qué existe? Y más aún: ¿qué nos permite la vida? ¿Cómo se manifiesta? Hay distintas doctrinas, distintas enseñanzas.

Hay teorías materialistas que afirman que la vida ha surgido por casualidad, que el choque de determinados elementos que no tienen vida, al ponerse en contacto, han producido la chispa de la vida, y que esa chispa se va perpetuando.

Desde el punto de vista filosófico, evidentemente, esta teoría no es muy sólida, porque… ¿qué mueve la casualidad? Podríamos responder que nada, pero… ¿es que nada puede mover algo? Es imposible. Toda cosa que se mueve necesita un motor, algo que la esté moviendo, aunque sea un motor como el de Aristóteles, que él concebía inmóvil en comparación con todas las cosas que se movían; porque también las relaciones de velocidad son muy relativas.

Por otro lado, las creencias religiosas nos transmiten la idea de un Ser Cósmico, superior, muchas veces personalizado, que infunde la vida a sus criaturas. Pero… ¿quién creó a ese ser, Dios, dioses o como lo queramos llamar? Es muy difícil poder abarcar con nuestra mente ese conocimiento.

Hay una enseñanza que me dieron mis viejos Maestros, que creo nos viene bien a todos: es imaginar que nuestra mente, nuestra mente concreta, no nuestra mente más elevada, es una especie de taza o cucharilla; si sumergimos esa cucharilla en un vaso de agua, sacaremos un decímetro cúbico de agua, y si la sumergimos en el océano Pacífico, sacaremos también un decímetro cúbico de agua. O sea, que el problema no está en dónde sumergimos nuestra pregunta para obtener respuestas, sino en agrandar nuestro campo de conciencia para poder recoger cada vez más, para poder captar más y más; y eso es un trabajo individual.

La filosofía acropolitana propone un crecimiento individual, independientemente de que nos podamos asociar para estar juntos, para conversar, para realizar una obra científica, literaria o, como estamos haciendo ahora, para escuchar una charla casi informal vestida de conferencia. Pero, más allá de todo eso, está la búsqueda y el encuentro de cada uno de vosotros con vosotros mismos y con vuestros problemas. Solo los encuentros individuales os darán la seguridad interior que necesitáis; todo lo demás, de una forma u otra, son creencias, y no me refiero solo al aspecto religioso.

Los materialistas se burlan de la existencia de los Espíritus de la Naturaleza, o los ángeles, o los dioses. ¿Y cuál es su argumento?: que nunca los han visto. Ante ello, la respuesta filosófica es muy simple: ¿ha visto usted alguna vez un átomo?, ¿usted alguna vez midió la distancia de la Tierra a la Luna?, ¿usted alguna vez visitó Japón? Así también puedo poner en duda la existencia de los átomos, la distancia de la Tierra a la Luna o la realidad de Japón.

Por lo general, salvo excepciones, ninguno de nosotros ha hecho una experiencia personal y directa sobre el asunto. Simplemente lo creemos, lo aceptamos, como aceptamos la existencia de Troya. Entonces no es tan difícil aceptar como hipótesis de trabajo la existencia de seres inteligen­tes, aunque invisibles, que están de alguna forma manejando la vida, aunque no los veamos.

Tampoco un hombre de la época carolingia veía los microbios ni clase alguna de bacterias; sin embargo, en dicha época había pestes que recorrían Europa, y existían, aunque no se los viese. Tal vez existan seres que impulsan o manejan la fuerza de la vida, aunque nosotros no los percibamos directamente sino a través de sus efectos, ya que, por lo general, todo lo vemos a través de los efectos. Si yo ahora suelto el micrófono, este caería. ¿Y con eso habrían ustedes visto la ley de la gravedad? No, ustedes habrían visto un micrófono que cae, nada más. La masa de la Tierra, mucho más grande que la masa del micrófono, ha hecho que este caiga. Hemos visto el efecto de una ley natural, pero no hemos visto la ley en sí.

Lo que nosotros vemos de la vida son manifestaciones externas. Siguiendo en esta línea de pensamiento, ¿quién nos asegura, entonces, que no hemos existido antes de estar aquí, en este plano, que no seguiremos existiendo cuando no estemos aquí? Desde el punto de vista lógico, desde el punto de vista filosófico, no podríamos negar de ninguna manera la existencia de una vida continua, de un flujo en constante manifestación.

Alguno puede pensar que todo esto tiene una duración limitada, la suma de miles y miles de años. Tal vez, pero para nosotros eso es una eternidad. Como cuando los viejos libros orientales nos hablan de los Manvántaras y Pralayas: para nosotros son eternidades, aunque tengan un número presupuesto, real o no, de años de duración.

Los antiguos pensaban que todas las cosas manifestadas estaban dentro de un gran macrobios, de un inmenso ser vivo. Los hindúes lo llaman Brahma, que se despierta y que duerme, que se despierta y que duerme… La misma historia existe en Occidente en cuanto al Rey del Mundo, que también despierta en un período y duerme en otro. Por lo visto, existe algo continuo que nosotros vemos como discontinuo porque fijamos la atención en un punto o en otro.

De ahí que los antiguos filósofos dijeran que todo este universo no es una casualidad, sino que es como un inmenso ser vivo. También los platónicos y los neoplatónicos nos hablaron de este inmenso ser vivo, del que forma parte el universo, el cual haría las veces, desde el punto de vista físico, de los órganos, tejidos o células, comparándolo con nuestro cuerpo. Así también, en el universo, las galaxias, los soles, los planetas, no serían nada más que partes vitales de ese gran ser que está en marcha, que viene de alguna parte y va hacia alguna parte.

Si nos despojásemos de nuestros prejuicios, veríamos que todas las cosas están en marcha. Yo he recorrido los desiertos de Egipto y otros lugares donde perduran esas construcciones de hace miles y miles de años, imponentes. Cuando uno se va acercando, desde lejos parece que todavía estuviesen vivas, que aún van a salir los sacerdotes desde dentro a saludarnos, que los abanicos de Amón se van a abrir de nuevo; pero, a medida que nos acercamos, vemos que todo es arena, que las piedras están rajadas, las columnas apoyadas unas sobre otras para que no se caigan… Ese viejo templo está vivo, ha nacido alguna vez cuando cortaron las piedras, crearon las columnas y forjaron sus tallas: es el templo de Karnak, tal vez el templo más grande del mundo. Ese templo fue pensado, primero, basándose en una necesidad teológica, política, social –como queráis–; se encargó a determinados especialistas que buscaron las piedras más aptas para poder construirlo; se hizo una delimitación del suelo sobre el cual se asentaría, que tenía que reflejar una limitación celeste para que hubiese una concordancia entre los astros y los símbolos terrestres y para que el templo fuese un puente entre el cielo y la tierra; se efectuó un estudio astronómico-astrológico.

Ese gran templo, al cual se le fueron agregando detalles y más detalles, hasta época ramésida y post-ramésida, se utilizó durante mucho tiempo, pero poco a poco dio señales de desgaste y se fue abandonando, se fue rompiendo, destruyendo.

El universo, de alguna forma, ya sea según las modernas teorías del big bang o las antiguas teorías religiosas que afirmaban que había salido de una parte del rostro de Brahma o había sido creado por determinado dios, alguna vez tuvo comienzo. El universo está en marcha.

Los antiguos pensaban –y los filósofos podemos corroborarlo con nuestro pensamiento– que aquello que los hindúes llamaban Sadhana, el sentido de la vida, existe, porque está presente en todos los seres vivos.

Siempre trato de que mis discípulos observen el fuego y el agua: si vertemos un poco de agua en cualquier sitio, ese agua empezará a caer, o bien a desplazarse, a marchar; tiene una sabiduría, está buscando algo, va hacia algún lugar, y marcha, marcha sin detenerse; y cuando no puede marchar en línea recta, se desvía, hace meandros, rodea las piedras y las montañas hasta llegar inexorablemente al mar. ¿Y qué pasa cuando llega al mar? El calor evapora el agua y se forman nubes; esas nubes flotan en el aire hasta que, en determinado momento, caen convertidas en lluvia. Y otra vez es agua, y cuando cae al suelo busca de nuevo llegar al mar.

Y si el agua tiene esa sabiduría de poder vivir, buscar, encontrar, sublimarse, volver otra vez por más experiencias y culminar ese ciclo, ¿por qué nosotros no hemos de responder a la misma ley de la vida? Si incluso nuestro cuerpo está hecho en gran parte de agua, ¿por qué no buscará también el mismo fin, y por qué nuestra alma no irá, como dice Plotino, al Alma del Mundo, a algún plano, en alguna vibración donde esté más cómoda que aquí?

¿No será similar esto de encarnar y desencarnar, de nacer y morir? Cuando nacemos, hay como una nube que de alguna manera condensa nuestras almas en gotitas; cada uno somos una gota, y esas gotas se reúnen, caminan, todos juntos formamos sociedad, nos unimos, formamos grupos, hasta que llega el momento en que desembocamos en ese mar donde “aparentemente” nos disolvemos. Y tal vez haya una fuerza cósmica que nos eleve otra vez, que nos convierta de nuevo en aquellos espíritus que descienden sobre la Tierra.

Lo que expongo es una posibilidad lógica, aunque en la Antigüedad era considerada una verdad irrebatible. Hay una muy vieja hipótesis que afirma que todo esto tiene una razón, porque si no fuese así, ¿no pensáis que la vida sería de una crueldad inmensa? Estaríamos en medio de una verdadera locura. Imaginad: nos ponen en el escenario del mundo, en España, en Tanzania o en cualquier lugar en que hayamos nacido; aparecemos, somos niñitos, nos dicen “estos son mamá, papá, tío, abuelita”; nos llevan al colegio, estudiamos, vivimos, amamos, odiamos, tenemos problemas y, cuando aprendemos a vivir, la misma mano que nos trajo nos empieza a sacar de la vida. Cuando tenemos más experiencia, cuando realmente podríamos manejar las cosas, entonces nos quitan y nos vamos.

Si todo esto no tuviese un sentido, si no tuviese una continuidad, este mundo estaría loco.

Observemos una planta, la más normal, cualquiera que tengáis en vuestras casas y veréis la inmensa inteligencia con que fue diseñada. Hoy se habla de los paneles térmicos para aprovechar la luz solar, sí, pero desde el período pre-Carbonífero ya había paneles térmicos para aprovechar la luz solar: eran las hojas de las plantas. Las hojas de las plantas aprovecharon la luz solar para la fotosíntesis; además, a través del sistema de capilaridad (descubierto por los físicos hace pocos cientos de años), las plantas pueden lograr que sus jugos vitales vayan desde las raíces hasta las hojas, se renueven y bajen de nuevo hasta las raíces; o sea, que todo está tremendamente, magníficamente pensado. Detengámonos ahora en un animal, por ejemplo una pantera o un tigre. ¿Por qué el tigre tiene rayas, por qué la pantera en Brasil tiene manchas?

El tigre tiene rayas porque vive entre los bambúes y configuran un camuflaje que hace que no se le vea prácticamente. La pantera de Brasil tiene manchas porque vive en una selva donde hay flores, hay hojas, y esas flores y hojas de distintos colores, oscuros y dorados, hacen que ella se confunda también dentro de ese panorama.

Todo esto quiere decir que hay otras inteligencias que las nuestras que están pensando, o han pensado los arquetipos que rigen a las plantas y a los animales. ¿Y qué me decís, por ejemplo, de los minerales? ¿Habéis visto las rocas, las piedras, los cristales, habéis visto de qué manera están perfectamente diseñados, mejor tal vez que la Gran Pirámide? ¿Y cómo es que la Naturaleza, con una sola sustancia, el carbono, ha podido crear el confuso grafito y e! transparente diamante? Eso demuestra que hay un pensamiento a través de toda la Naturaleza que nos rige, que todo está perfectamente pensado.

Aquel o Aquello que ideó las curiosas tracciones que permiten moverse a las amebas, que los pájaros tengan los huesos huecos para ser más livianos y poder volar, que diseñó las escamas de los peces para que puedan penetrar más fácilmente en el agua, que les dotó de una vejiga natatoria para subir y bajar como los modernos submarinos; aquel que ha pensado todo eso, ¿por qué no habría de haber pensado no solo nuestra constitución física, sino también nuestra constitución psicológica, mental y, ultérrimamente, nuestra finalidad?

¿Por qué creer que esta Inteligencia Cósmica se ha preocupado por las plantas, los animales, los minerales y no se ha preocupado por los hombres, si nosotros también somos seres vivos? La vida existe y está pensada por Alguien, por Algo, está perfectamente calculada. ¿Por qué? ¿Para qué se ha utilizado tanto y con tanta intensidad el Pensamiento en dar a todas las cosas esta armonía maravillosa? Tiene que ser para algo. Nadie hace un puente si nadie va a caminar encima. Nadie hace un barco si nadie va a navegar en él. Nadie hace una silla si nadie se va a sentar en ella. Es evidente que nuestra construcción orgánica y la construcción orgánica de la Naturaleza están hechas para algo, para ser aprovechadas por algo que va a durar más que el objeto en sí, algo que va a poder utilizarlas. Y a “aquello” que va a utilizarlas, nosotros, los filósofos, le llamamos alma, el espíritu que pasa a través de las cosas.

Es evidente que, inmersos como estamos en esta cárcel de carne, en nuestros problemas económicos, familiares, vitales, es muy difícil a veces reflexionar sobre estas cuestiones. Yo recuerdo un trozo del libro de Ovidio Nasón, El arte de amar, que me impresionó mucho la primera vez que lo leí. Ovidio era, como sabéis, uno de los grandes poetas de la época del emperador Augusto, y digamos que era un poco –en España creo que se diría así– juerguista; le gustaba salir con mujeres por la noche, beber, acostarse muy tarde (o mejor dicho, muy temprano, cuando ya había salido el sol)… Pero, claro, además de ser así, era Ovidio.

Él nos cuenta, entre otras muchas cosas, lo que le pasó con una de sus amadas, a quien le inventó un nombre (en aquella vieja época existía el honor de no mencionar los nombres de las damas, sino inventarlos; una buena costumbre). La llamaba Corina; no sabemos quién era. Dice Ovidio que llegó en una ocasión al palacio de Corina, una dama de la alta sociedad romana que poseía tesoros preciosos, entre ellos, un papagayo, llegado tal vez de las Indias, que sabía hablar. El papagayo repetía todo lo que ella le decía, contestaba, hablaba con ella, era una gran compañía. Ovidio llega y ve a Corina llorando mientras sostiene el papagayo aparentemente muerto. El papagayo está caído sobre sus manos y Corina llora. Ovidio le pregunta: “Corina ¿por qué lloras?”. Y ella respondió: “¿Te acuerdas de este papagayo que hablaba con nosotros, que repetía nuestras palabras de amor, nuestros cantos, que era una maravillosa joya, verde como una esmeralda? Hoy es un montón de plumas, nada más. ¿Dónde está el papagayo? ¿Qué pasa? ¿Por qué terminan las cosas?”.

Ovidio trata de consolarla, de iniciarla en cosas que Corina no sabe, y le dice: “Has de saber, Corina, que hay un cielo donde están los hombres y también hay un cielo para los animales. Hay una pequeña banda entre el cielo de los hombres y el de los animales en donde están los animales superiores, aquellos que incluso pueden hablar al hombre y repetir sus palabras y allí consuelan a esos animales recordándoles la voz de sus amos; luego, vuelven otra vez a la Tierra a acompañar a los hombres”. Corina llora y dice: “No, a mí no me cuentes esto; aquí hay simplemente un montón de plumas verdes, ya no está más mi papagayo, ya no vive más”. Y entonces, el papagayo, en el último esfuerzo antes de morir, levanta su pequeña cabeza, mira a Corina y le dice: Corina, Corina, la muerte no existe.

Es muy bello encontrar estos viejos ejemplos. Es muy bello pensar que a veces los animales, las plantas y los árboles mueren en paz, porque tienen un conocimiento que nosotros hemos perdido al haber intelectualizado demasiado la vida. Hemos perdido el conocimiento de nuestra propia eternidad, hemos perdido el conocimiento de nuestra vida interior, hemos perdido el conocimiento de nuestra alma inmortal.

Hoy tenemos que retomar ese conocimiento, porque en el fondo, y a pesar de todos nuestros avances tecnológicos, a veces estamos tristes; y a pesar de vivir en megalópolis, estar entre las gentes, poder conversar y leer periódicos, ver la televisión o escuchar la radio, a veces nos sentimos muy solos, enormemente solos. A veces querríamos que alguien nos dijese alguna cosa, como ese papagayo, que la muerte no existe, que esta vida tiene un sentido, que tiene una direccionalidad; y es evidente que la tiene.

Si vosotros veis una flecha en el aire, ¿no pensaríais que surgió de un arco y que va hacia un blanco? Lo que nosotros estamos viendo en la vida es una flecha en el aire, y esa flecha fue lanzada por un Divino Arquero. Alguna vez, con un sonido inconcebible, fuimos lanzados a través del tiempo y del espacio, pero vamos hacia un blanco, vamos a llegar a algún lugar. Toda nuestra vida tiene sentido, tienen sentido nuestras alegrías porque nos confortan para seguir viviendo, y tienen sentido también nuestros pesares y nuestras lágrimas porque nos permiten recoger experiencias, nos hacen un poco más sabios, tal vez, hasta un poco más buenos.

Quienes hayan compartido risas saben qué bueno es eso para el entusiasmo, y quienes hayan compartido lágrimas saben qué bueno es eso para la unión de las almas. Porque en esta vida y en esta Naturaleza nada hay realmente malo, todo es bueno en el seno de su oculto sentido.


martes, 21 de diciembre de 2010

Cuentos de Navidad


Mª Dolores Fdez. Fígares

Primera Sección

A base de repetir los gestos navideños de siempre, quizá hemos olvidado que tienen su origen en hermosos relatos de variadas procedencias. Un breve repaso por algunos de ellos quizá sirva para enriquecer las imágenes navideñas, evocadoras de escenas repetidas por los artistas de todas las épocas, respondiendo a una tradición popular que se ha mantenido a través de los siglos.

La niña virgen

El prodigio del nacimiento de Jesús tiene su antecedente en el nacimiento de María su Madre. Cuenta la tradición que Joaquín, que era hombre piadoso y próspero, no había tenido hijos con su esposa Ana, después de veinte años de matrimonio. Por ello, cuando se disponía a hacer sus ofrendas en el templo, Rubén, el escriba, le increpó, indicándole que, puesto que no había engendrado descendencia, había perdido su derecho a participar en los ritos. Joaquín, abatido y humillado, se retiró con sus rebaños a las montañas, sin comunicarle siquiera a su esposa el motivo de su decisión. Ana rezaba y lloraba lamentando su suerte, pues no sólo Dios no le había dado hijos, sino que se sentía abandonada, sola y sin marido en su infortunio. Pero sucedió que mientras un ángel le comunicaba a Ana que iba a ser madre de una niña, a la vez le indicaba a Joaquín que volviera con su esposa, pues había quedado encinta porque Dios había suscitado en ella descendencia.

Joaquín debió titubear un poco ante tan sorprendente noticia, pero al fin se decidió a ir al encuentro de su mujer y la acompañó y cuidó hasta que, ante la admiración de todos, dio a luz a la anunciada niña, que ya desde muy pequeña mostró una extraordinaria piedad. Era también muy laboriosa y hábil para trabajar la lana y realizar los menesteres que ocupaban su tiempo, pero lo que en realidad deseaba era consagrarse al servicio divino en el templo y permanecer virgen. Que una mujer se propusiera una forma de vida de esta naturaleza no tenía precedentes en la historia de los templos de Israel, por lo cual, cuando María había cumplido los catorce años, la sinagoga decidió entregarla a algún varón intachable para que tuviera a su cuidado a aquella doncella tan especial que quería ser casta y entregarse del todo a Dios.

José el carpintero

El procedimiento para la elección del candidato a guardar la virginidad de María fue por demás curioso. El sacerdote convocó a los varones de la tribu de Judá que no tuvieran esposa a que acudieran con una vara en la mano, pues, una vez colocadas en la parte más secreta del templo, de la que saliera una paloma volando sería la señal del elegido. La vara de José, que era pequeña, había quedado descartada, quizá por despiste del buen sacerdote. Un ángel tuvo que avisarle que incluyera precisamente aquella varita en el conjunto, pues de allí iba a salir la paloma augural, como efectivamente sucedió; y ante la sorpresa de todos, el carpintero José fue el destinado a guardar a la mística virgen.

José tenía su taller en Cafarnaún y allí estuvo trabajando una buena temporada, hasta que, cuando volvía a Nazaret, se encontró con la desagradable sorpresa de que la niña que le había sido confiada estaba embarazada. Es comprensible el disgusto y la vergüenza que le produjo saber la noticia y que no se creyera la versión que le daban todos de que nadie la había tocado y que sólo podía haber sido un ángel, con el que conversaba muy a menudo. Tuvo que ser el referido ángel el que se le apareciese en sueños y le tranquilizase, garantizándole que la criatura que esperaba su joven esposa era obra del Espíritu Santo. Lo difícil fue convencer a los sacerdotes, que no aceptaron aquellas versiones y sometieron a José y a María a una curiosa prueba: debían beber el agua sagrada y dar siete vueltas alrededor del altar y si no se producía ninguna señal visible en sus rostros era indicio de que no mentían. Así lo hicieron, con lo que al final quedó probada la inocencia tanto de la santa virgen como del buen carpintero.

Segunda Sección

Los magos

Es sabido lo que sucedió después: el precipitado viaje a Belén para empadronarse, el parto que se presenta, mientras José había ido a buscar a una comadrona, en el refugio de una gruta, iluminada por una luz resplandeciente, como si fuera de día, y sobre la gruta una estrella enorme que brillaba. Allí, en la gruta, estuvieron tres días la madre y el niño, y los otros tres siguientes hasta la circuncisión, en un establo, arropados por una mula y un buey que adoraban a Jesús, como pronto empezaron a hacer otros animales.

En aquellos primeros días, la llegada de los magos de Oriente es uno de los acontecimientos más destacados y cargados de simbolismo, tal como lo cuentan los evangelios apócrifos, quizá empeñados en establecer un nexo con la sabiduría mistérica de los magos caldeos, que en Persia habían desarrollado un elaborado sistema de conocimiento y de magia. Zoroastro, el gran sabio persa, había anunciado que una estrella muy brillante avisaría del nacimiento de un ser divino entre los hombres. Así sucedió, en efecto, pues la misma noche del nacimiento de Jesús, cuando los sabios astrónomos estaban celebrando una fiesta con los dignatarios reales, una potente estrella se hizo visible, con lo que tres hijos de reyes tomaron tres libras de oro, incienso y mirra y, siempre guiados por la columna de luz, se dirigieron hacia Galilea. Los tres enigmáticos sabios caldeos habían recogido tales dones misteriosos de la «Caverna de los Tesoros», que era donde Adán los había depositado después del pecado original y se habían conservado de generación en generación.

Una vez realizada su ofrenda al Niño Jesús, como signo de que la milenaria sabiduría de Oriente lo reconocía como Mesías, la Virgen les entrega como recuerdo un pañal del Niño divino. Cuando llegan los magos a su tierra, deciden someter el pañal a la prueba de fuego y en el curso de una de sus ceremonias lo arrojan a la hoguera, para comprobar que no se había consumido, sino que permanecía entero, por lo que lo conservaron como una reliquia que se estuvo venerando primero en Bizancio y después en Francia, hasta que la revolución la destruyó.

En verdad, no estaban descaminados aquellos doctos astrónomos, según pudo averiguar Kepler en 1604, cuando descubrió que en torno al 1 de marzo del año 7 antes de la era cristiana se había producido una conjunción de Júpiter y Saturno, junto al Sol, Luna y Venus, situados en el signo de Piscis en ascendente, lo que potenciaba la conjunción, que habría durado hasta el 7 de julio. Por aquella fecha también se había producido el paso de un cometa brillante, lo cual explica las alusiones de los textos a la presencia de estrellas en las escenas de la Navidad.

La huida

Aquellos primeros tiempos de la infancia de Jesús fueron bastante ajetreados, no sólo porque continuamente se producían prodigios y curaciones milagrosas, apariciones de ángeles y sueños premonitorios, sino porque sus padres se vieron en la necesidad de trasladarse a Egipto, ante el peligro que representaba un Herodes furioso porque pensaba que los magos caldeos le habían engañado. Esta huida, que se produjo, según los textos apócrifos, cuando habían pasado dos años del Nacimiento, es uno de los episodios más sugerentes y llenos de prodigios.

Lo más duro fue la travesía del desierto, donde habitaban dragones y fieras hambrientas que, al ver al Niño, se inclinaban al paso de la comitiva divina y algunos hasta se incorporaban al séquito, haciendo de guías por aquellas extensiones. Pero la sed y el calor eran terribles, por lo cual, a los tres días de marcha por las ardientes arenas, María pidió que se detuvieran a descansar a la sombra de unas palmeras. No tenían agua y las palmeras estaban cargadas de frutos. La madre deseó comer de ellos y el Niño, con solo un pensamiento, hizo que se inclinase el esbelto árbol, proporcionándoles lo que no se especifica si eran dátiles o cocos. Para aliviar la sed de sus padres hizo brotar de las raíces una fuente que manaba agua fresca y dulce.

Pero Herodes, el malvado y celoso rey que temía perder su trono por el advenimiento del Mesías, había enviado sus veloces guardias a perseguirlos y una vez más, las piadosas palmeras del desierto sirvieron para ocultar a los fugitivos, formando una pantalla con sus ramas, con lo cual los guardias pasaron de largo y no los vieron.

Tercera Sección

Los cantares populares de la Navidad han recogido otro milagro, ocurrido cuando la Sagrada Familia regresaba desde Egipto a Galilea. Esta vez es el Niño el que pide a su madre de beber, y en esto llegan a un naranjal que estaba custodiado por un ciego. La madre le pide algunas naranjas para saciar la sed de su hijo:

«- Coja usted, buena señora,

coja usted, buena mujer,

y en cogiendo para el Niño,

coja las que quiera usted.

La Virgen, como era Virgen,

no cogía más que tres,

el Niño, como era Niño,

todas las quiere coger;

cuantas el niño cogía

volvían a florecer».

En premio a su generosidad, el ciego recibe de la Virgen un pañuelo para que limpie sus ojos, y al hacerlo, se ve curado de su ceguera.

La hermosa historia de los milagros de Jesús no había hecho más que empezar. Pero al principio, cuando no era más que un niño, bastante travieso por cierto, los prodigios formaban parte de sus juegos: les rompía los cántaros a los niños cuando iban a por agua al pozo, pero luego sentía compasión ante sus lloros y se los recomponía al instante, o hacía que los árboles se inclinasen para que sus amigos se pudieran subir a hacer de las suyas; otras veces hacía que se movieran los muñecos de barro que modelaban entre todos. En otra ocasión, su madre le mandó a por agua con un cántaro, pero tropezó y se le rompió la vasija, ante lo cual, Jesús recogió el agua con su pañuelo y así se la entregó a su madre.

El nuevo tiempo

Empezaba así una nueva época, hace de ello dos mil años, aunque se trata de una cifra convencional, pues hay versiones para todos los gustos para fijar la fecha exacta en que tuvieron lugar aquellos acontecimientos que cambiaron la historia del mundo. Desde luego, queda descartado que fuera el 25 de Diciembre, fecha que se hizo coincidir con la de otras celebraciones romanas como las saturnalias o la del nacimiento de Mitra, que se habían instaurado en el 274 a. C.

Así que el 31 de diciembre habremos celebrado el paso de un tiempo medido de manera un tanto arbitraria y relativa, lo cual no disminuye sin embargo la fuerte carga psicológica de sentir que una larga época se acaba, que otro ciclo comienza.

viernes, 10 de diciembre de 2010

El miedo al cambio

Se ha dicho muchas veces que el hombre es un animal de costumbres y es verdad. El hombre tiene muchos “amos” que se encargan de adiestrarlo en ciertos hábitos que le dan una sensación de seguridad dentro del conjunto, y son los mismos amos quienes se preocupan de generar el miedo al abandono de esos hábitos, al menos mientras así convenga a los propósitos de los mencionados adiestradores.Esta forma de temor psicológico, que llega a tomar posesión de los campos físico y mental en varios casos, se manifiesta también bajo otros aspectos humanos: miedo a la aventura, miedo al riesgo, miedo a perder cosas y aun miedo al éxito.

El miedo al cambio

Crecemos dentro de una sociedad configurada por diversas motivaciones, algunas naturales y propias de las necesidades históricas, y otras absolutamente artificiales, alentadas por intereses y modas que rigen por un tiempo el movimiento de las grandes masas.

Son, sobre todo, las necesidades artificiales o las que se tiñen de artificialidad las que más atan a los hombres y las que le impiden cambiar en cualquier sentido.

Nos explicaremos: por ejemplo, el amar y sentirse amado es una necesidad natural para cualquier ser humano, pero los consensos sociales de moda agregan al amor un conjunto de requisitos que lo vuelven artificial y casi imposible de vivir. Además del sentido debe haber dentro del núcleo unos bienes materiales y unas condiciones prestigiosas que cierran las puertas a una convivencia sana.

Pero el hombre mira lo que hacen todos los demás, y de la repetición de esos actos obtiene una tranquilidad psicológica que le permite ubicarse dignamente dentro del conjunto. Lucha por adquirir esas cosas entendidas como indispensables y, una vez que las tiene, no puede abandonarlas porque pierde su propia estabilidad, desgraciadamente generada sobre soportes exteriores a uno mismo.

De igual manera, las modas imponen determinados estilos de conducta, de lenguaje, de trato humano, de opiniones y creencias que aseguran la “normalidad”, al menos por un tiempo. Hay que estar al tanto para seguir esas corrientes impuestas y variar junto a ellas para no alejarse ni un paso del rebaño.

De allí el miedo al cambio. Todo cambio, si es sustancial, supone destacarse para bien o para mal, salir de lo comúnmente aceptado, arriesgarse a ser diferente y, por lo tanto, a perder algunos de los preciados valores establecidos por la artificialidad. Es posible que desaparezca el falso afecto de quienes poco y nada nos querían y el prestigio inestable de aferrarse apenas a una modalidad pasajera.

Para nosotros, aspirantes a filósofos, amantes de la sabiduría, el primer y fundamental cambio que debemos promover es el despertar de la conciencia. En cuanto ella emerge dentro de la masa amorfa de nuestras necesidades e imposiciones físicas, psicológicas y mentales, suscita simultáneamente un conjunto de cambios correlacionados.

Mientras se vive a ciegas, no importa adoptar una u otra costumbre y aferrarse a ella, pero la conciencia activa obliga a recapacitar sobre muchos aspectos de la existencia que antes parecían no tener ninguna importancia.

El filósofo se acostumbra, sobre todo, a hacerse preguntas profundas acerca de la vida, de sí mismo, del destino… Su mente se vuelve más inquisitiva y lo lleva a cuestionarse su propia forma de ser, mostrándole nuevos cambios de perfección constante.

Los cambios que se propone el filósofo no responden a modas ni aceptaciones generalizadas; por el contrario, son cambios ascensionales en que cada paso es un escalón de superación. Más que de cambios, deberíamos hablar de las únicas y verdaderas adquisiciones que hacen al ser humano, al margen de los otros cambios de fortuna material, al margen de la vida y de la muerte, al margen de pasiones y opiniones.

¿Por qué, entonces, el miedo, cuando intelectualmente se sabe que estos especiales cambios solo traerán bienes consigo y llevarán a un mayor desarrollo espiritual? Porque estos cambios hay que hacerlos a solas, frente a frente con uno mismo, sin que valga de nada el beneplácito de los otros, sin que importe el aplauso o la crítica de los demás. Porque estos cambios suponen algunas pérdidas, claro está, pero son las pérdidas que darán paso a nuevos valores mucho más estables y armonizadores. No conocemos a ningún héroe que no haya pasado por pruebas arriesgadas y lo haya intentado todo hasta salir victorioso. Y porque, como decíamos al principio, hay quienes temen incluso al éxito, sabiendo que una vez conseguido, habría que mantenerse a la altura de ese éxito, sin permitirse caídas ni depresiones, pues el éxito interior tiene fuertes exigencias ante la propia conciencia.

Pero ¿no vale la pena intentarlo?
El destino del hombre es llegar a ser lo más perfecto como hombre y, en todo caso, como lo apuntan las tradiciones esotéricas de todos los tiempos, crecer más allá de la condición humana hasta hacerse digno discípulo de los dioses y no de los “amaestradores de hombres”. A ese destino habremos de llegar todos, tarde o temprano, con más o menos sufrimiento. Pero el cambio es la condición inexcusable. Entonces, ¿por qué no empezar ahora mismo? ¿Por qué no desprenderse del miedo, que no es ningún bien positivo? ¿Por qué no desarrollar la valentía del que sabe lo que quiere y lucha por poseerlo?

En nosotros está la elección: o el vulgar miedo al cambio de lo que cambia de todas maneras y nos deja desamparados, o el valor del cambio definitivo que nos convierta en hombres y mujeres firmes y seguros de sí mismos, caminando por la Vida y de frente hacia el Destino.
Delia Steinberg Guzmán


viernes, 12 de noviembre de 2010

Los Espíritus Elementales de la Naturaleza

Los Espíritus Elementales de la Naturaleza

Jorge Ángel Livraga Rizzi

Dada la finalidad de este pequeño libro, nos referiremos ahora a las formas que asumen a la visión y percepción humanas los Elementales.

Los Espíritus Elementales de la Naturaleza

Anteriormente hemos dicho que los Espíritus de la Naturaleza tenían por cuerpos formas de energía y que no eran estrictamente físicos o materiales en la versión común del término, aunque la energía es también material y a diario nos muestra sus efectos en el plano más denso de acción.

El hecho de que la llamada "electricidad" sea energía y normalmente invisible, no quita que al correr por la superficie de un cable metálico produzca fenómenos materiales traducidos en movimiento de pesadas piezas de una máquina, que a la vez mueve o traslada toneladas de materia. Y todos conocemos los fenómenos meteorológicos que se traducen en rayos y relámpagos, centellas y "luces de San Telmo". Por otra parte, la existencia de estados vibratorios intermedios entre la energía invisible y la materia visible, hace que según se rebasan estas fronteras, de "arriba" a "abajo", la posibilidad de observación humana de los elementales se potencie, aun sin proponérselo. Pero normalmente los Elementales tienen su parte más densa o "cuerpo" en el Plano Energético, pudiendo en condiciones favorables ya citadas reflejarse hasta cierta corporeidad en las zonas etéricas que son mezcla y enlace entre lo que podemos llamar energía - cuya característica es la carencia de forma perceptible por nuestros sentidos - y la materia - cuyas características nos son evidentes y fácilmente registrables. De ello podemos colegir que los Elementales tienen como propiedad una plasticidad mucho más "veloz" que la nuestra, siendo sus formas más inestables y dinámicas. Cuando esas formas se lentifican es cuando se corporizan y su visión se vuelve más fácil, bien por factores naturales que mencionamos anteriormente, o bien por la voluntad de quien quiera verlos, voluntad que ha de ser fuerte pero no agresiva, pues cualquier inestabilidad en ella repercute en los Espíritus de la Naturaleza y los ahuyenta hacia sus "refugios" energéticos y a los juegos ópticos propios de su extraordinario poder para disimularse en los mismos Elementos en que habitan.

Aunque sus variedades son prácticamente infinitas, como también lo son las de todos los seres vivos, podemos citar algunos ejemplos clásicos de Elementales.

LOS DE LA TIERRA: GNOMOS, HADAS Y ENANOS

Denominación extraída del griego, genomos, o "el que vive dentro de la tierra". La variedad de estos Espíritus de los Elementos es, como en todos los demás, tan grande que abarca desde ciertos monstruos (que así podríamos llamarlos basándonos en el latín, en el sentido de "prodigios" o "alteraciones de lo normal", y siendo para ellos la tierra sólida el ámbito en el que se mueven, como para los humanos lo es el aire, no encuentran otra resistencia en las más duras rocas, que nosotros ante las ráfagas de viento), hasta los pequeños enanos que refleja el folklore de todos los pueblos. De los primeros podemos decir que están en continuo movimiento, en expansión y retracción, pudiendo alcanzar tamaños semejantes al de los más grandes mamíferos conocidos. Los segundos, de aspecto humanoide, no suelen levantar del suelo más de un par de palmos.

Estos últimos son los más conocidos: enanos u hombrecillos inocentes, bondadosos y crueles como los niños. Carecen de toda conciencia ética y no podríamos decir de ellos que "buenos" ni "malos".

Traviesos por naturaleza, gustan burlarse de quienes los buscan torpemente y son, en cambio, sumisos servidores de los verdaderos Magos. Aunque los tiene que haber de ambos sexos, ni las narraciones ni mi propia observación registran hembras. El aspecto suele aparentar una edad madura, aunque no representa lo que nosotros llamamos "edad", pues viven siglos y no conocen, como nosotros, los estados de niñez, adultez y vejez. Sus apariencias son siempre las mismas.

Salvo la cabeza, grande en relación al cuerpo como en el caso de los enanos humanos, son bien proporcionados.

Van siempre vestidos y parece ser que, sobre un "patrón" de ropa a la manera campesina, copian las modas humanas que les son contemporáneas cuando nacen, y así las guardan todos los siglos que duran sus vidas. No existe apariencia de desgaste en dichas ropas, aunque no dan la sensación de ser nuevas sino arrugadas y ajadas como si fuesen muy viejas, pero indestructibles.

Aun en los mayores grados de materialización, obtenidos tan sólo en condiciones especiales y en lugares no frecuentados por los humanos, no emiten sonidos ni los perciben.

Huyen del Sol y aman la luz de la Luna, de los pequeños candiles y de las luciérnagas. Apacibles, suelen estar mucho tiempo inmóviles.

Los hay no mayores que la altura de un puño, no más altos que un pulgar, como dicen los cuentos para niños. Estos son muy difíciles de percibir por los adultos, aunque ellos han de creer todo lo contrario, pues en presencia o cercanía de los humanos se "esconden" tras las cosas, en los rincones menos iluminados o, aprovechando su poder de pasar a través de la materia, en los cajones de los muebles que no han sido abiertos en mucho tiempo. Gustan de la cercanía de los niños y les sugieren lugares y posiciones para sus juguetes, bailes y cantos, rondas y juegos de escondrijos. Traviesos, hacen encantamientos psíquicos que evitan a los adultos el hallar pequeñas cosas como ser lapiceros, gafas, agujas, clavos. Retirado el "velo", se divierten viendo cómo se encuentran las cosas perdidas, a veces en lugares distintos a los que estaban, lo que presupone en ellos una cierta posibilidad de traslación, aunque es mucho más corriente que sus propios encantamientos, unidos a los desconciertos, angustias y apuros que provocan sus travesuras en los humanos, hagan que sean las mismas personas las que lleven el objeto en la mano y lo coloquen en otras partes sin ser concientes de ello.

En las épocas de las Corporaciones Laborales, cuando el hombre no había automatizado su posibilidad de trabajo y cuando ponía verdadero interés en él - tal cual lo vuelven a poner los artesanos - los pequeños Gnomos eran sus invisibles compañeros de taller, sus ayudantes de tareas. En casos excepcionales, algunos ocultistas lograron con su magia hacer trabajar ejércitos de Gnomos, materializados por lo menos en parte, en su auxilio; pero tal tipo de trabajos forzados desagradan a los Elementales, los que gustan tener cierta iniciativa que es un equivalente al juego o diversión.

También se han registrado en Oriente una variedad de Gnomos, o simplemente mutaciones de los mismos, que llegan a tener una apariencia humana normal y que ayudan a los viajeros en los caminos, pueden hablar y dar consejos, aunque no comen ni duermen como los humanos y tampoco envejecen. En estos casos están siempre solos y son confundidos con monjes. La misma versión la encontramos en la antigua Grecia, pues los monakhós eran los emisarios de Hermes que, en las encrucijadas de los caminos, tenían sus escondrijos y cuidaban las primitivas ermitas. Se decía de ellos que no comían ni amaban, ni hablaban casi, prefiriendo hacerse entender por señales. La tradición quiere que tuviesen algo en su anatomía diferente a la de los humanos: las puntas de las orejas, lo que los emparentaba con otro tipo de Elementales de los bosques que luego fueron llamados Silvanos. El típico gorro de Hermes servía para ocultar esta anormalidad, que muchas veces fue relacionada con el Mito del Rey con orejas de burro y dotado de poderes parapsicológicos, como Midas.

Los Gnomos u hombrecillos pueden, si lo desean, trasladarse con enorme velocidad y estar instantáneamente donde quieren estar. Y así, hacen pequeños servicios a los Magos que están en relación de trabajo con ellos, como avisos en base a ligeros golpes dados en muebles, y otros que veremos más adelante. A pesar de no tener un alma en grado de diferenciación, como la humana, logran la apariencia de ella bajo la influencia de un ocultista práctico que pueda comunicarse efectivamente con ellos.

Las Hadas son asimismo Elementales de la Tierra, aunque sus múltiples variedades y la tradición literaria y popular las exalta de tal manera que, en numerosos países, la denominación es sinónimo de hechicera o maga, como en la versión de la Baja Edad Media y la Renacentista del Mito de Merlín en la Saga de Arturo, en donde Morgana aparece como un Hada.

De apariencia similar a la humana, sus tamaños varían entre el diminuto y el de una persona normal.

Regidas asimismo por la Luna, gustan reunirse en lugares alejados de toda presencia humana y bailar en círculos en los prados circundados de bosques. La especial forma de reproducción de las setas, que configuran una expansión de la especie en forma de anillo, ha emparentado estos vegetales, en la tradición popular, con los círculos de las Hadas. Es que, ciertamente, son las Hadas muy expertas en el conocimiento de las virtudes ocultas de las plantas y de los minerales. Hábiles en encantamientos, magias y hechicerías, inspiran a los curadores naturales sus extrañas y a la vez rudas artes, en donde se mezcla la intuición con el recuerdo mutilado de una ciencia perdida. Cierta variedad está estrechamente ligada a los humanos, y en las viejas monarquías solían dar a los recién nacidos sus regalos en forma de bendiciones, o de maldiciones si había circunstancias negativas de por medio. Gustan de los niños en general, sugiriéndoles juegos y protegiéndolos de los peligros, e inspirándoles telepáticamente las acciones que los preserven vivos y alegres.

Son atraídas por las golosinas y dulces, cuyo perfume y "doble" las tienta a correr con la para ellas no siempre grata compañía humana. Gustan de los sonidos armónicos y de las figuras geométricas circulares. De aspecto femenino, no conozco si las hay varones. No son las contrapartes femeninas de los Gnomos, como vulgarmente se cree, pues sus características y naturalezas son distintas y se "ignoran" los unos a los otros, como pasa con los animales de diferentes especies.

Texto extraído del libro Los Espíritus Elementales de la Naturaleza


domingo, 24 de octubre de 2010

Los monos son capaces de reconocerse en el espejo

Los monos pueden reconocerse a sí mismos cuando se miran a un espejo. A pesar de que los científicos pensaban que los chimpancés y los orangutanes eran los únicos primates capaces de tener conciencia de sí mismos, un estudio llevado a cabo en la Universidad de Wisconsin-Madison (EEUU) ha demostrado por primera vez que algunos monos macacos Rhesus ('Macaca mulatta') también se reconocen cuando ven su imagen proyectada en un espejo.

Los monos son capaces de reconocerse en el espejo

Los monos pasaron con éxito la llamada 'prueba de la marca', que consiste en colocar en una zona visible de su cara un signo distintivo. Los animales que se tocaban esta marca mientras se miraban al espejo mostraban que se habían reconocido. Además, examinaron con atención zonas de su propio cuerpo que nunca habían visto, sobre todo los genitales. En algunos casos, los monos se giraron y se colocaron hacia abajo para verse mejor. En otras ocasiones, agarraron y ajustaron el espejo para conseguir una mejor perspectiva de su imagen. Tan pronto como los investigadores cubrieron el espejo con un plástico negro, el interés de los monos se esfumó y dejaron de comportarse de este modo.

Diferencias cognitivas entre simios

Hasta ahora, experimentos similares llevados a cabo con otros monos mostraban que, habitualmente, estos animales ignoraban la imagen proyectada en el espejo o adoptaban una actitud defensiva, pues interpretaban que se trataba de otro mono que estaba invadiendo su espacio. Los chimpancés y los orangutanes eran hasta ahora los únicos simios que habían pasado con éxito la 'prueba de la marca'. Cuando se miraban al espejo, reconocían su imagen, hacían muecas y gestos graciosos y miraban o tocaban la marca que los científicos habían colocado de manera temporal en su cara.

Durante cuarenta años, los científicos pensaban que muy pocas especies animales podían reconocer los límites entre ellos mismos y el mundo que los rodea. El hecho de que los chimpancés -los animales más parecidos al hombre-, sí sean capaces de detectar la marca en el espejo mientras que la mayor parte de los simios aparentemente no lo son, llevó a los científicos a plantearse que existen diferencias cognitivas entre los grandes primates y el resto.

Sin embargo, el nuevo estudio llevado a cabo por el investigador Luis Populin mostró que, en determinadas circunstancias, los monos son capaces de reconocerse en un espejo y llevan a cabo una serie de gestos propios de las especies que tienen conciencia de sí mismos.

Conciencia de sí mismos

Populin, que investiga las bases neuronales de la percepción y del comportamiento, colocó implantes en la cabeza de dos monos Rhesus durante un estudio sobre el desorden de déficit de atención. Abigail Rajala, uno de los investigadores de su equipo, observó que uno de los monos se reconocía en un pequeño espejo, contradiciendo lo publicado hasta ese momento en revistas científicas. El estudio que llevaron a cabo para comprobar si, efectivamente, podían reconocer su imagen, dio la razón a Rajala: los monos se tocaban la marca mientras se miraban en el espejo y se comportaban como si se reconocieran

Los monos Rhesus se unen así al pequeño 'club' de animales que han pasado esta prueba y han demostrado tener conciencia de sí mismos: delfines, orangutanes, un elefante y una especie de ave. El reto de los científicos ahora será averiguar cómo ha ido evolucionando esta capacidad tanto en los primates como en otros animales. De hecho, los investigadores creen que la prueba de la marca quizás no sea suficientemente precisa como para detectar en especies menos desarrolladas la capacidad de reconocerse a sí mismos.

Teresa Guerrero
www.elmundo.es