lunes, 24 de enero de 2011

El sentido oculto de la vida

Jorge Ángel Livraga Rizzi

(Conferencia dictada en octubre de 1987)

Hay algo que siempre ha preocupado a los filósofos: la vida y sus distintos aspectos: si la vida continúa, si existe la muerte; qué es lo que sucede cuando nos retiramos de este escenario del mundo…

Y hay algo que a mí personalmente me ha llamado mucho la atención, y es que en el momento actual haya tantos millones de personas condenadas a muerte. Todos hemos de morir.

A veces pensamos, dadas las características un poco materialistas de este momento histórico, que es mejor no reflexionar mucho sobre esto. Siempre creemos que le va a tocar al otro; sin embargo, es obvio que lodos nosotros nacimos, vivimos y hemos de morir.

Me llama mucho la atención, como filósofo y como hombre, que no haya una preocupación más profunda sobre qué es la vida y qué sentido tiene. Porque hay cosas que nos afectan a unos sí y a otros no, como los problemas políticos o económicos, pero hay un problema que es común y es el hecho de que todos vamos a morir. Por eso me extraña, como filósofo y como hombre, que haya tantos millones de personas que no se preocupen seriamente en preguntarse a sí mismos y en preguntar a los grandes focos de sabiduría de la Antigüedad y a los grandes pensadores actuales qué significa esto y qué hay detrás de todo ello.

Hoy sabemos que todas las cosas, de alguna manera están vivas. Antes se diferenciaba a los seres orgánicos de los inorgánicos, y aún hoy, en química, se sigue hablando de química orgánica e inorgánica. Así, si alguien nos pregunta, decimos que un ser vivo es un perro, un gato, una persona, y una ventana o un trozo de madera, no. ¿Por qué?

Las investigaciones actuales, recogidas a través de los tiempos, nos enseñan que la constitución de todas las cosas, de todos los seres, parte de elementos comunes: químicos, relaciones físicas, térmicas, eléctricas, magnéticas, etc.

Sé que es muy difícil poder decir dónde está la vida y dónde no. A nosotros tal vez nos parezca que si acariciamos a un gato, o le pegamos, y él ronronea o grita, está vivo. Pero también cuando yo golpeo la madera hay un sonido…, un sonido que surge de este viejo anillo etrusco que golpea y la madera; ese sonido es la voz de la madera. Y si la fuésemos a doblar o a quebrar, esta madera haría “crack”, y ese “crack” es el grito de agonía de un ser que muere. Desde un punto de vista filosófico, no podemos diferenciar lo que está vivo y lo que no lo está.

Algo que nos enseña la filosofía clásica es a no trabajar con absolutos: en este mundo todo es relativo. Aquí no hay cosas absolutamente grandes ni absolutamente pequeñas; no existe lo negro ni lo blanco, no existe nada que tenga características absolutas. En el mundo manifestado todas las cosas son relativas. Yo os estoy hablando, os estoy diciendo algunas palabras, y, sin embargo, hace quince minutos, veinte, yo no os estaba hablando, y dentro de media hora ya no lo haré tampoco; son simples funciones del momento que no hay que confundir con la esencia de las cosas.

Una cosa no es ni mala ni buena en sí, sino por el uso que se le da; un cuchillo, por ejemplo, en manos de uno de esos navajeros y asaltantes que hay en las calles, es un instrumento de muerte, de opresión, y, sin embargo, un cuchillo en manos de un cirujano es un elemento de bien, de salvación. Entonces, ¿el cuchillo es bueno o es malo? Eso es una relatividad. ¿Este estrado es grande o es pequeño? Si lo comparamos con una hormiga es enorme, si lo comparamos con la ciudad de Madrid es ínfimo. En el espacio no tendría ni tamaño ni edad.

Si nosotros comenzamos por considerar los problemas de la vida con este criterio, es probable que lleguemos a conclusiones que tal vez no sean perfectas, pero sí humanas, y que nos ayudarían a vivir. Y aquí está el primer problema que se nos plantea: ¿qué es la vida? Esas características que damos a los seres vivos son propiedades de los seres vivos, pero no de la vida en sí.

Platón hace una diferenciación entre lo bello y las cosas bellas. Supongamos un jardín; vemos una estatua, una persona, y decimos que ese jardín, esa estatua, esa persona, son bellas. ¿Por qué? Porque participan de la esencia de lo bello. Es decir, que «lo bello» sería una esencia, un ser que está mas allá de todas las manifestaciones, y que tan solo se refleja en ellas, y a través de ellas lo iríamos descubriendo, aunque, como la arena, se nos escapa de las manos, y a medida que la apretamos se nos cae más.

Así, entonces, podemos deducir que todo lo que nos rodea está vivo.

La vida en sí, según los antiguos filósofos, se expresa como una actividad, una banda de actividad; todo aquello que está dentro de esa banda, decimos que está vivo, y aquello que no llega a esa banda de actividad tendría una vida diferente que a veces no podemos entender exactamente.

Si es que existe Dios, si es que existen los dioses, estarían vivos, mas estarían vivos en otra dimensión, diferente a esta en la que estamos nosotros. Estarían en otro grado de conciencia y estarían también en otro orden del tiempo. El tiempo también es muy relativo. Para un pequeño insecto, tal vez, unas pocas horas son toda su vida; para una estrella, nuestra existencia humana es un instante. De allí también que las medidas del tiempo sean muy relativas. Y dentro de estas relatividades tendríamos que encontrar el sentido oculto de la vida.

¿Qué es la vida? ¿Para qué existe? Y más aún: ¿qué nos permite la vida? ¿Cómo se manifiesta? Hay distintas doctrinas, distintas enseñanzas.

Hay teorías materialistas que afirman que la vida ha surgido por casualidad, que el choque de determinados elementos que no tienen vida, al ponerse en contacto, han producido la chispa de la vida, y que esa chispa se va perpetuando.

Desde el punto de vista filosófico, evidentemente, esta teoría no es muy sólida, porque… ¿qué mueve la casualidad? Podríamos responder que nada, pero… ¿es que nada puede mover algo? Es imposible. Toda cosa que se mueve necesita un motor, algo que la esté moviendo, aunque sea un motor como el de Aristóteles, que él concebía inmóvil en comparación con todas las cosas que se movían; porque también las relaciones de velocidad son muy relativas.

Por otro lado, las creencias religiosas nos transmiten la idea de un Ser Cósmico, superior, muchas veces personalizado, que infunde la vida a sus criaturas. Pero… ¿quién creó a ese ser, Dios, dioses o como lo queramos llamar? Es muy difícil poder abarcar con nuestra mente ese conocimiento.

Hay una enseñanza que me dieron mis viejos Maestros, que creo nos viene bien a todos: es imaginar que nuestra mente, nuestra mente concreta, no nuestra mente más elevada, es una especie de taza o cucharilla; si sumergimos esa cucharilla en un vaso de agua, sacaremos un decímetro cúbico de agua, y si la sumergimos en el océano Pacífico, sacaremos también un decímetro cúbico de agua. O sea, que el problema no está en dónde sumergimos nuestra pregunta para obtener respuestas, sino en agrandar nuestro campo de conciencia para poder recoger cada vez más, para poder captar más y más; y eso es un trabajo individual.

La filosofía acropolitana propone un crecimiento individual, independientemente de que nos podamos asociar para estar juntos, para conversar, para realizar una obra científica, literaria o, como estamos haciendo ahora, para escuchar una charla casi informal vestida de conferencia. Pero, más allá de todo eso, está la búsqueda y el encuentro de cada uno de vosotros con vosotros mismos y con vuestros problemas. Solo los encuentros individuales os darán la seguridad interior que necesitáis; todo lo demás, de una forma u otra, son creencias, y no me refiero solo al aspecto religioso.

Los materialistas se burlan de la existencia de los Espíritus de la Naturaleza, o los ángeles, o los dioses. ¿Y cuál es su argumento?: que nunca los han visto. Ante ello, la respuesta filosófica es muy simple: ¿ha visto usted alguna vez un átomo?, ¿usted alguna vez midió la distancia de la Tierra a la Luna?, ¿usted alguna vez visitó Japón? Así también puedo poner en duda la existencia de los átomos, la distancia de la Tierra a la Luna o la realidad de Japón.

Por lo general, salvo excepciones, ninguno de nosotros ha hecho una experiencia personal y directa sobre el asunto. Simplemente lo creemos, lo aceptamos, como aceptamos la existencia de Troya. Entonces no es tan difícil aceptar como hipótesis de trabajo la existencia de seres inteligen­tes, aunque invisibles, que están de alguna forma manejando la vida, aunque no los veamos.

Tampoco un hombre de la época carolingia veía los microbios ni clase alguna de bacterias; sin embargo, en dicha época había pestes que recorrían Europa, y existían, aunque no se los viese. Tal vez existan seres que impulsan o manejan la fuerza de la vida, aunque nosotros no los percibamos directamente sino a través de sus efectos, ya que, por lo general, todo lo vemos a través de los efectos. Si yo ahora suelto el micrófono, este caería. ¿Y con eso habrían ustedes visto la ley de la gravedad? No, ustedes habrían visto un micrófono que cae, nada más. La masa de la Tierra, mucho más grande que la masa del micrófono, ha hecho que este caiga. Hemos visto el efecto de una ley natural, pero no hemos visto la ley en sí.

Lo que nosotros vemos de la vida son manifestaciones externas. Siguiendo en esta línea de pensamiento, ¿quién nos asegura, entonces, que no hemos existido antes de estar aquí, en este plano, que no seguiremos existiendo cuando no estemos aquí? Desde el punto de vista lógico, desde el punto de vista filosófico, no podríamos negar de ninguna manera la existencia de una vida continua, de un flujo en constante manifestación.

Alguno puede pensar que todo esto tiene una duración limitada, la suma de miles y miles de años. Tal vez, pero para nosotros eso es una eternidad. Como cuando los viejos libros orientales nos hablan de los Manvántaras y Pralayas: para nosotros son eternidades, aunque tengan un número presupuesto, real o no, de años de duración.

Los antiguos pensaban que todas las cosas manifestadas estaban dentro de un gran macrobios, de un inmenso ser vivo. Los hindúes lo llaman Brahma, que se despierta y que duerme, que se despierta y que duerme… La misma historia existe en Occidente en cuanto al Rey del Mundo, que también despierta en un período y duerme en otro. Por lo visto, existe algo continuo que nosotros vemos como discontinuo porque fijamos la atención en un punto o en otro.

De ahí que los antiguos filósofos dijeran que todo este universo no es una casualidad, sino que es como un inmenso ser vivo. También los platónicos y los neoplatónicos nos hablaron de este inmenso ser vivo, del que forma parte el universo, el cual haría las veces, desde el punto de vista físico, de los órganos, tejidos o células, comparándolo con nuestro cuerpo. Así también, en el universo, las galaxias, los soles, los planetas, no serían nada más que partes vitales de ese gran ser que está en marcha, que viene de alguna parte y va hacia alguna parte.

Si nos despojásemos de nuestros prejuicios, veríamos que todas las cosas están en marcha. Yo he recorrido los desiertos de Egipto y otros lugares donde perduran esas construcciones de hace miles y miles de años, imponentes. Cuando uno se va acercando, desde lejos parece que todavía estuviesen vivas, que aún van a salir los sacerdotes desde dentro a saludarnos, que los abanicos de Amón se van a abrir de nuevo; pero, a medida que nos acercamos, vemos que todo es arena, que las piedras están rajadas, las columnas apoyadas unas sobre otras para que no se caigan… Ese viejo templo está vivo, ha nacido alguna vez cuando cortaron las piedras, crearon las columnas y forjaron sus tallas: es el templo de Karnak, tal vez el templo más grande del mundo. Ese templo fue pensado, primero, basándose en una necesidad teológica, política, social –como queráis–; se encargó a determinados especialistas que buscaron las piedras más aptas para poder construirlo; se hizo una delimitación del suelo sobre el cual se asentaría, que tenía que reflejar una limitación celeste para que hubiese una concordancia entre los astros y los símbolos terrestres y para que el templo fuese un puente entre el cielo y la tierra; se efectuó un estudio astronómico-astrológico.

Ese gran templo, al cual se le fueron agregando detalles y más detalles, hasta época ramésida y post-ramésida, se utilizó durante mucho tiempo, pero poco a poco dio señales de desgaste y se fue abandonando, se fue rompiendo, destruyendo.

El universo, de alguna forma, ya sea según las modernas teorías del big bang o las antiguas teorías religiosas que afirmaban que había salido de una parte del rostro de Brahma o había sido creado por determinado dios, alguna vez tuvo comienzo. El universo está en marcha.

Los antiguos pensaban –y los filósofos podemos corroborarlo con nuestro pensamiento– que aquello que los hindúes llamaban Sadhana, el sentido de la vida, existe, porque está presente en todos los seres vivos.

Siempre trato de que mis discípulos observen el fuego y el agua: si vertemos un poco de agua en cualquier sitio, ese agua empezará a caer, o bien a desplazarse, a marchar; tiene una sabiduría, está buscando algo, va hacia algún lugar, y marcha, marcha sin detenerse; y cuando no puede marchar en línea recta, se desvía, hace meandros, rodea las piedras y las montañas hasta llegar inexorablemente al mar. ¿Y qué pasa cuando llega al mar? El calor evapora el agua y se forman nubes; esas nubes flotan en el aire hasta que, en determinado momento, caen convertidas en lluvia. Y otra vez es agua, y cuando cae al suelo busca de nuevo llegar al mar.

Y si el agua tiene esa sabiduría de poder vivir, buscar, encontrar, sublimarse, volver otra vez por más experiencias y culminar ese ciclo, ¿por qué nosotros no hemos de responder a la misma ley de la vida? Si incluso nuestro cuerpo está hecho en gran parte de agua, ¿por qué no buscará también el mismo fin, y por qué nuestra alma no irá, como dice Plotino, al Alma del Mundo, a algún plano, en alguna vibración donde esté más cómoda que aquí?

¿No será similar esto de encarnar y desencarnar, de nacer y morir? Cuando nacemos, hay como una nube que de alguna manera condensa nuestras almas en gotitas; cada uno somos una gota, y esas gotas se reúnen, caminan, todos juntos formamos sociedad, nos unimos, formamos grupos, hasta que llega el momento en que desembocamos en ese mar donde “aparentemente” nos disolvemos. Y tal vez haya una fuerza cósmica que nos eleve otra vez, que nos convierta de nuevo en aquellos espíritus que descienden sobre la Tierra.

Lo que expongo es una posibilidad lógica, aunque en la Antigüedad era considerada una verdad irrebatible. Hay una muy vieja hipótesis que afirma que todo esto tiene una razón, porque si no fuese así, ¿no pensáis que la vida sería de una crueldad inmensa? Estaríamos en medio de una verdadera locura. Imaginad: nos ponen en el escenario del mundo, en España, en Tanzania o en cualquier lugar en que hayamos nacido; aparecemos, somos niñitos, nos dicen “estos son mamá, papá, tío, abuelita”; nos llevan al colegio, estudiamos, vivimos, amamos, odiamos, tenemos problemas y, cuando aprendemos a vivir, la misma mano que nos trajo nos empieza a sacar de la vida. Cuando tenemos más experiencia, cuando realmente podríamos manejar las cosas, entonces nos quitan y nos vamos.

Si todo esto no tuviese un sentido, si no tuviese una continuidad, este mundo estaría loco.

Observemos una planta, la más normal, cualquiera que tengáis en vuestras casas y veréis la inmensa inteligencia con que fue diseñada. Hoy se habla de los paneles térmicos para aprovechar la luz solar, sí, pero desde el período pre-Carbonífero ya había paneles térmicos para aprovechar la luz solar: eran las hojas de las plantas. Las hojas de las plantas aprovecharon la luz solar para la fotosíntesis; además, a través del sistema de capilaridad (descubierto por los físicos hace pocos cientos de años), las plantas pueden lograr que sus jugos vitales vayan desde las raíces hasta las hojas, se renueven y bajen de nuevo hasta las raíces; o sea, que todo está tremendamente, magníficamente pensado. Detengámonos ahora en un animal, por ejemplo una pantera o un tigre. ¿Por qué el tigre tiene rayas, por qué la pantera en Brasil tiene manchas?

El tigre tiene rayas porque vive entre los bambúes y configuran un camuflaje que hace que no se le vea prácticamente. La pantera de Brasil tiene manchas porque vive en una selva donde hay flores, hay hojas, y esas flores y hojas de distintos colores, oscuros y dorados, hacen que ella se confunda también dentro de ese panorama.

Todo esto quiere decir que hay otras inteligencias que las nuestras que están pensando, o han pensado los arquetipos que rigen a las plantas y a los animales. ¿Y qué me decís, por ejemplo, de los minerales? ¿Habéis visto las rocas, las piedras, los cristales, habéis visto de qué manera están perfectamente diseñados, mejor tal vez que la Gran Pirámide? ¿Y cómo es que la Naturaleza, con una sola sustancia, el carbono, ha podido crear el confuso grafito y e! transparente diamante? Eso demuestra que hay un pensamiento a través de toda la Naturaleza que nos rige, que todo está perfectamente pensado.

Aquel o Aquello que ideó las curiosas tracciones que permiten moverse a las amebas, que los pájaros tengan los huesos huecos para ser más livianos y poder volar, que diseñó las escamas de los peces para que puedan penetrar más fácilmente en el agua, que les dotó de una vejiga natatoria para subir y bajar como los modernos submarinos; aquel que ha pensado todo eso, ¿por qué no habría de haber pensado no solo nuestra constitución física, sino también nuestra constitución psicológica, mental y, ultérrimamente, nuestra finalidad?

¿Por qué creer que esta Inteligencia Cósmica se ha preocupado por las plantas, los animales, los minerales y no se ha preocupado por los hombres, si nosotros también somos seres vivos? La vida existe y está pensada por Alguien, por Algo, está perfectamente calculada. ¿Por qué? ¿Para qué se ha utilizado tanto y con tanta intensidad el Pensamiento en dar a todas las cosas esta armonía maravillosa? Tiene que ser para algo. Nadie hace un puente si nadie va a caminar encima. Nadie hace un barco si nadie va a navegar en él. Nadie hace una silla si nadie se va a sentar en ella. Es evidente que nuestra construcción orgánica y la construcción orgánica de la Naturaleza están hechas para algo, para ser aprovechadas por algo que va a durar más que el objeto en sí, algo que va a poder utilizarlas. Y a “aquello” que va a utilizarlas, nosotros, los filósofos, le llamamos alma, el espíritu que pasa a través de las cosas.

Es evidente que, inmersos como estamos en esta cárcel de carne, en nuestros problemas económicos, familiares, vitales, es muy difícil a veces reflexionar sobre estas cuestiones. Yo recuerdo un trozo del libro de Ovidio Nasón, El arte de amar, que me impresionó mucho la primera vez que lo leí. Ovidio era, como sabéis, uno de los grandes poetas de la época del emperador Augusto, y digamos que era un poco –en España creo que se diría así– juerguista; le gustaba salir con mujeres por la noche, beber, acostarse muy tarde (o mejor dicho, muy temprano, cuando ya había salido el sol)… Pero, claro, además de ser así, era Ovidio.

Él nos cuenta, entre otras muchas cosas, lo que le pasó con una de sus amadas, a quien le inventó un nombre (en aquella vieja época existía el honor de no mencionar los nombres de las damas, sino inventarlos; una buena costumbre). La llamaba Corina; no sabemos quién era. Dice Ovidio que llegó en una ocasión al palacio de Corina, una dama de la alta sociedad romana que poseía tesoros preciosos, entre ellos, un papagayo, llegado tal vez de las Indias, que sabía hablar. El papagayo repetía todo lo que ella le decía, contestaba, hablaba con ella, era una gran compañía. Ovidio llega y ve a Corina llorando mientras sostiene el papagayo aparentemente muerto. El papagayo está caído sobre sus manos y Corina llora. Ovidio le pregunta: “Corina ¿por qué lloras?”. Y ella respondió: “¿Te acuerdas de este papagayo que hablaba con nosotros, que repetía nuestras palabras de amor, nuestros cantos, que era una maravillosa joya, verde como una esmeralda? Hoy es un montón de plumas, nada más. ¿Dónde está el papagayo? ¿Qué pasa? ¿Por qué terminan las cosas?”.

Ovidio trata de consolarla, de iniciarla en cosas que Corina no sabe, y le dice: “Has de saber, Corina, que hay un cielo donde están los hombres y también hay un cielo para los animales. Hay una pequeña banda entre el cielo de los hombres y el de los animales en donde están los animales superiores, aquellos que incluso pueden hablar al hombre y repetir sus palabras y allí consuelan a esos animales recordándoles la voz de sus amos; luego, vuelven otra vez a la Tierra a acompañar a los hombres”. Corina llora y dice: “No, a mí no me cuentes esto; aquí hay simplemente un montón de plumas verdes, ya no está más mi papagayo, ya no vive más”. Y entonces, el papagayo, en el último esfuerzo antes de morir, levanta su pequeña cabeza, mira a Corina y le dice: Corina, Corina, la muerte no existe.

Es muy bello encontrar estos viejos ejemplos. Es muy bello pensar que a veces los animales, las plantas y los árboles mueren en paz, porque tienen un conocimiento que nosotros hemos perdido al haber intelectualizado demasiado la vida. Hemos perdido el conocimiento de nuestra propia eternidad, hemos perdido el conocimiento de nuestra vida interior, hemos perdido el conocimiento de nuestra alma inmortal.

Hoy tenemos que retomar ese conocimiento, porque en el fondo, y a pesar de todos nuestros avances tecnológicos, a veces estamos tristes; y a pesar de vivir en megalópolis, estar entre las gentes, poder conversar y leer periódicos, ver la televisión o escuchar la radio, a veces nos sentimos muy solos, enormemente solos. A veces querríamos que alguien nos dijese alguna cosa, como ese papagayo, que la muerte no existe, que esta vida tiene un sentido, que tiene una direccionalidad; y es evidente que la tiene.

Si vosotros veis una flecha en el aire, ¿no pensaríais que surgió de un arco y que va hacia un blanco? Lo que nosotros estamos viendo en la vida es una flecha en el aire, y esa flecha fue lanzada por un Divino Arquero. Alguna vez, con un sonido inconcebible, fuimos lanzados a través del tiempo y del espacio, pero vamos hacia un blanco, vamos a llegar a algún lugar. Toda nuestra vida tiene sentido, tienen sentido nuestras alegrías porque nos confortan para seguir viviendo, y tienen sentido también nuestros pesares y nuestras lágrimas porque nos permiten recoger experiencias, nos hacen un poco más sabios, tal vez, hasta un poco más buenos.

Quienes hayan compartido risas saben qué bueno es eso para el entusiasmo, y quienes hayan compartido lágrimas saben qué bueno es eso para la unión de las almas. Porque en esta vida y en esta Naturaleza nada hay realmente malo, todo es bueno en el seno de su oculto sentido.


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